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Jueves 29.07.2010
Murmullos
Voces que surgen desde los dramas sociales
No son nuevas las situaciones de miseria ni los reclamos de los que viven sin nada y olvidados por el Estado, como tampoco son nuevas las palabras que se escuchan en esos reclamos ni las frases que políticos, opositores o no, usan para eludir sus responsabilidades. Pero, sin embargo, algo nuevo parece estar surgiendo desde el fondo de estas situaciones crónicas de miseria; algo que se expresa con miradas de dignidad de los que nada tienen. Algo que quizá, de una manera u otra, no tardará en convertirse en fuerza social. Mientras tanto, algunas reparticiones oficiales ya son dadas por inútiles y la gente directamente pide “que venga el Gobernador a ver como vivimos”
Menos resignación
Desde todos los sectores sociales de la provincia se han sabido apreciar las acciones de gobierno y las iniciativas políticas que tienden hacia el bien común y hacia el crecimiento económico y productivo. No obstante, esos reconocimientos no implican pasividad ni resignación ante todo lo que falta hacer o ante lo que se está haciendo mal o ante lo que no se está haciendo respecto de algunas situaciones cuyas soluciones rápidas realmente deberían ser prioritarias. Las miserias que golpean a miles de misioneros se hicieron más evidentes en estos días de frío y de lluvias y, naturalmente, los reclamos de quienes sufren se hacen más fuertes, como también la indignación de todos se extiende ante la falta de atención estatal a los desamparados.

Algo profundo
Pero aunque lo que desde una parte o de otra se dice respecto de estos dramas sociales no son en general más que repeticiones de palabras ya conocidas por todos, algo nuevo parece estar generándose en el pueblo, no ya en la opinión pública sino directa y profundamente en el pueblo, y específicamente en los sectores del pueblo más afectados por la miseria y por la desatención oficial. Algo que, probablemente, esté sentando las bases para un no lejano salto hacia adelante de la cultura política popular, con todo lo que esto podría significar en materia de necesidad de reacomodamientos o de reafirmaciones, si fuese el caso, en los distintos escenarios partidistas y frentistas. Entre los reclamos desesperados de muchas familias misioneras extremadamente carenciadas y desamparadas por el Estado, empieza a manifestarse de manera cada vez más recurrente el sentimiento de esa gente de haber sido engañada por los políticos que durante las campañas electorales se presentaron en sus barrios, vieron las miserias y las necesidades, prometieron y se comprometieron, para luego, pasadas las elecciones, desaparecer junto a sus promesas.

Nada nuevo y mucho nuevo
No es aquello nada nuevo; los políticos, en general, se sabe, actúan de una manera en campaña y de otra, muy de otra, cuando ya han conseguido los puestos y los privilegios que el Estado les da a los que saben cosechar votos con el recurso que fuera. Tampoco es nueva la desilusión de los que en campaña recibieron mil promesas para quedar luego igual o peor que antes. Sin embargo, ahora la desilusión, el descontento y hasta la indignación parecen estar adquiriendo dimensiones más fuertes y más significativas. Parece que entre los sectores más humildes, que siempre fueron las víctimas propicias para las promesas y el engaño de los políticos, la conciencia de haber sido usados y traicionados está tomando formas más consistentes. Junto a sus reclamos, esta gente tan carenciada expresa -quizá como nunca antes- su dignidad de ciudadanos, lo cual estaría indicando que en las futuras campañas proselitistas ya no les podría ser tan fácil a los dirigentes partidarios conseguir los votos de los desposeídos. Suele decirse, y hasta se lo tomó como un axioma, como una verdad indiscutible, como un dogma casi místico, que cuanto más pobreza haya más los políticos que manejan los enormes recursos del Estado pueden beneficiarse en las urnas, pues se afirma que a los pobres se los convence fácilmente a último momento dándoles un par de zapatillas, o un colchón, o unas bolsitas de comida. Si bien es indudable que una limosna aislada y de último momento siempre puede llegar a ser herramienta suficiente para quitarle al pobre su soberanía electoral, hay señales en estos días de que esas maniobras quizá no vayan a resultar, para los dirigentes políticos, tan exitosas como antes. Ni para oficialistas ni para opositores.

La dignidad de los pobres
Para un hombre sin trabajo, padre de una familia ante la cual se debe presentar cada día con al menos unas monedas para comprar algo de pan o una bolsa de comida, unos pocos pesos ofrecidos por los compradores de votos o por los recolectores de muchedumbres para un acto proselitista seguirán siendo una gran tentación difícil de desechar por más conciencia cívica que se tenga. Para una madre soltera para la cual un vaso de leche puede significar la diferencia entre el llanto o la risa de su niño, su voto y su asistencia a los actos para “hacer número” van a ser siempre recursos comprensiblemente usados para poder comprar ese poco de leche para unos días, al menos mientras dura la campaña. Pero aun en esas opciones extremas, hay dignidad de estas personas tan necesitadas; por eso suena vacía esa frase tan repetida por todos los dirigentes políticos: “si les ofrecen algo acepten, pero después no les voten”, “agarren lo que puedan prometiendo votarles pero luego no lo hagan”.
Y, claro, lo que quieren decirle esos políticos a estos humildes ciudadanos es que “agarren” lo que les den los otros pero que les voten a ellos, con lo cual muchas veces lo que se les está proponiendo es ni más ni menos que saltar del fuego a las brasas, o, para abundar en refranes, ir de Guatemala a Guatepeor.

Se puede mejorar
Y por cierto que tantas veces los argentinos fueron a Guatepeor, en vuelos directos, sin escalas. Aunque también hay que tener presente (y continuando con la metáfora) que si de Guatemala se sale en un viaje con oportunas escalas, con escalas donde se elaboren provechosamente los descontentos y las desilusiones, se puede llegar a Guatemejor, a un merecido mejor destino.
Y a lo mejor en eso andan los misioneros. A lo mejor andan consultando a las agencias de viaje; sobre todo los más pobres, los que no tienen siquiera para pagar el boleto del colectivo urbano para ir por centésima vez a reclamar en vano ante alguna oficina estatal, ante algún ministro del área social que burlonamente los manda de vuelta a sus pobres casas, con sus manos vacías y sus desesperaciones llenas. Esta gente, que no tiene ni monedas para un viaje en colectivo desde sus barrios hasta los palacios del Estado donde está escrito a grandes letras la palabra “no”; estos pobres de toda pobreza bien pueden hoy estar consultando en las agencias para contratar un viaje en primera clase hacia Guatemejor. Porque para ese “gasto” tienen ellos la tarjeta de crédito más valiosa, que es su condición de votantes. Una tarjeta que se activa sólo cada dos años, o cada cuatro para algunas compras mayores, pero que bien usada puede dar réditos provechosos durante esos lapsos. Sólo hay que tener en claro que al momento de las elecciones, los que compran, los que realmente pueden comprar y sin quedar debiendo nada por ello son los votantes y no los candidatos ni sus operadores. Sí, estos últimos pueden comprar votos, eso está visto ya de sobra; pero lo que no pueden hacer es comprar al contado, sin quedar debiendo.

Uno más uno
Es cierto que a muchos dirigentes no les importan las deudas; sin embargo, las deudas siempre en algún lugar quedan y puede suceder que en algún momento alguien empiece, aunque sea espontáneamente, a sumar su reclamo con el reclamo de otro. Y puede ser que así se empiece además a separar lo bueno de lo malo, a diferenciar entre los que cumplen y los que no. Y en tal contexto sí puede llegar a tener un sentido digno eso de “agarrar” lo que den los promeseros pero votar con toda libertad; y sabiendo que nunca ningún elector le debió, le debe ni le va a deber nada a un candidato, bueno o no tan bueno que éste sea como político o, eventualmente, como funcionario.
Ya en los últimos años el electorado misionero ha dado muestras notables de madurez y de comprensión de los nuevos tiempos y así fue como el panorama político, en cuanto a partidos y alianzas, quedó transformado en muy poco tiempo, quedando relegados a expresiones residuales los dos viejos partidos que antes se repartían, como buenos socios, el uso y abuso de los cargos en las estructuras del Estado.

Renovación popular
Expertos en promesas y expertos en decir luego “no se puede”, los dirigentes de aquellos partidos otrora omnipotentes burlaron una y otra vez a los electores y también a sus propios militantes de base, a sus esforzados trabajadores de campañas encargados de dar la cara y de poner las espaldas para recibir luego los golpes del descontento. Y también burlaron aquellos dirigentes a los mejores valores que tenían en sus propios partidos. Pero finalmente, en años recientes, esas trampas fueron rotas y la vida política se renovó en Misiones. La política misionera cambió de perspectiva gracias al buen entendimiento de gran parte de los electores. Hay que reconocer que al menos una parte de la nueva dirigencia y mucha parte de la militancia que supieron interpretar ese favor popular tuvieron y tienen plena conciencia del valor de las promesas y del valor de las esperanzas que ellos mismos abrieron y ante las cuales no cabe ya quitarse responsabilidades.

El viento sopla
De todas maneras, la responsabilidad central está, en última instancia, en manos del pueblo. Y si desde algunos pasillos del Estado se evidencian desprecios hacia la gente y excesivos aprecios hacia las ambiciones de algunos funcionarios con demasiadas aspiraciones, desde la vida cotidiana de los misioneros se evidencian signos de constantes renovaciones positivas.
Por lo pronto, crece -es ya un viento que se extiende por las amplias llanuras de la conciencia popular- la reacción ante las promesas incumplidas. Y a esas expresiones se les suma, quizá como parte del mismo fenómeno social, las convocatorias a las máximas autoridades del Estado que hacen, también cada vez con más frecuencia, los que se debaten en la miseria ante la indiferencia de los funcionarios de segundo orden.
“Que venga el Gobernador a ver como vivimos”, dicen los pobres que chapalean dentro de sus más que precarias casas en pantanos contaminados que invaden sus “dormitorios”. “Que venga el Gobernador, que venga el Presidente”, decía un hombre que no tiene nada, que no tiene ni para comer. Ya se dan por inexistentes a las estructuras estatales que deberían ocuparse de la atención social. Se sigue sí peregrinando hacia las oficinas de algún ministerio, pero se pide por “el gobernador” o por “el presidente”. Y es muy interesante esta expresión, “el presidente”, que alude claramente a la presidenta de la Nación, Cristina Fernández.
“El presidente”, decía el hombre desesperado y sin nada y ya lo dicen también muchos otros misioneros que reclaman. “El presidente”, en un sentido genérico y a la vez muy preciso: se convoca al Estado en sí, no a la política. Lo mismo cuando se dice “que venga el gobernador a ver como vivimos”. Otra evidencia de que va creciendo la conciencia de que para salir del fuego no hay por qué caer en las brasas.


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