2023-06-29

Una historia de contrabando y codicia

En un documental sobre el racismo, en Norteamérica, vi a un hombre de color diciendo: aquí la guerra civil nunca terminó y para mí el Sur está ganando. Teniendo a la OTAN ocupando nuestras islas Malvinas, las inmensas propiedades de Joe Lewis y otros ingleses en la Patagonia, y su presencia accionaria en empresas de primera línea de nuestro país, me hace pensar, como al negro norteamericano, que las invasiones inglesas no terminaron en 1807 sino que continuaron por otros medios. Sólo como ejemplo: durante el gobierno de Macri fueron enviadas a Londres once toneladas de oro (para ser verificadas) que volveremos a verlas el día del arquero. Los ingleses nunca se fueron, son un poder y muchos pseudos argentinos trabajan para ellos.

La presencia británica en el Río de la Plata

Hubo dos invasiones inglesas al Río de la Plata: la primera invasión inglesa fue en 1806, en la que las tropas británicas ocuparon la ciudad de Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, y que fueron vencidas 46 días después por el ejército compuesto por milicias populares porteñas y de los pueblos cercanos, más los refuerzos provenientes de Montevideo, comandados por Santiago de Liniers, fue un combate conocido como “la Reconquista”. La segunda invasión inglesa fue en 1807, en la que las tropas británicas, luego de tomar Montevideo, fueron rechazadas, cuando intentaron ocupar Buenos Aires, por las fuerzas defensoras, que se componían de tropas regulares y de milicias urbanas, integradas por población que se había armado y organizado militarmente durante el curso de las invasionesː fue una acción conocida como “la Defensa”. Así quedó en evidencia la eficacia de las milicias del Imperio español para defender a sus territorios, en el contexto de los conflictos internacionales de la época. Pero la participación de las milicias: en la Reconquista primero y, al año siguiente, en la Defensa, aumentaron el poder y la popularidad de los líderes criollos militares e incrementaron la influencia y el fervor de los grupos independentistas. Paralelamente, estos motivos convirtieron a las invasiones inglesas en uno de los catalizadores de la causa emancipadora, en el Virreinato del Río de la Plata.

Historia

Tanto la Reconquista, como la Defensa de Buenos Aires ante las invasiones inglesas, tuvieron un lugar relevante, como antecedente inmediato de la Revolución de Mayo de 1810, que dio inicio al proceso de Independencia de nuestro país. Durante su curso, por primera vez, prevaleció la voluntad del pueblo, sobre el mando del Rey de España, cuando los vecinos de Buenos Aires, mediante el cabildo abierto del 10 de febrero de 1807, depusieron al virrey designado por el rey —hecho excepcional en los anales de la historia hispanoamericana— para elegir al francés: Santiago de Liniers, en su lugar. Asimismo, la creación, en esa ocasión, del Regimiento de Patricios, como milicia popular voluntaria, y la elección, por parte de los propios milicianos del potosino: Cornelio Saavedra, (futuro presidente de la Primera Junta patria) como jefe del cuerpo, sentaron las bases de un ejército patriota, capaz de alzarse contra las tropas realistas. La participación popular en la lucha armada es tradicionalmente representada con la imagen de los habitantes de Buenos Aires arrojando aceite hirviendo sobre los invasores, desde los techos de las casas. Estos hechos se desarrollaron en un contexto histórico más amplio, de disputas territoriales en América entre: el Reino Unido, el Imperio español, Portugal, Francia y más tarde los Estados Unidos, en un período que se extendió desde la fundación de Colonia del Sacramento, en 1680, hasta el reconocimiento, por parte del Reino Unido, de la Independencia Argentina, con la firma de un tratado de paz y comercio, en 1825, luego de la declaración de la Doctrina Monroe. Estos tratados no evitarían nuevos intentos de expansión del colonialismo británico, sobre el Cono Sur de América que se produjo con la ocupación británica de las islas Malvinas, en 1833 y la intervención anglofrancesa en 1845. Las operaciones en el Río de la Plata fueron parte de un ataque mayor a las colonias españolas en América del Sur. Se esperaba enviar una expedición a cargo de Robert Craufurd para tomar Valparaíso, en la Capitanía General de Chile, y a Francisco de Miranda se le había prometido el apoyo de tropas británicas en Venezuela. El plan original venía de 1783: unos 4.000 ingleses ocuparían Buenos Aires, mientras otras unidades atacarían las costas chilenas. Una vez dominados ambos territorios avanzarían sobre el Perú. Es exactamente el mismo proyecto presentado por Miranda en 1790 y 1796, y el adoptado por Londres en 1804.

Antecedentes

Los territorios españoles de la cuenca del Plata sufrieron, desde su conquista y colonización, el asedio constante de los indígenas y la amenaza permanente del proceso de expansión de los portugueses, desde el Brasil, que intentaron vanamente alcanzar las inmensas riquezas de plata y oro del Alto Perú, por vía fluvial desde el océano Atlántico Sur, en un período dominado por la política económica mercantilista, donde la importancia de la tierra residía, mayoritariamente, en la existencia de minerales preciosos y en su posibilidad de explotación económica. No fue hasta la fundación de Colonia del Sacramento, en 1680, que el Río de la Plata cobraría real importancia estratégica para la economía y la política internacionales. El Tratado de Utrecht, del 11 de abril de 1713, puso fin a la Guerra de Sucesión Española que se había desatado en 1702 tras la muerte del rey Carlos II, último representante de la dinastía Habsburgo o de Austria. La casa de Borbón, de origen francés, fue la sucesora de la corona española, emprendiendo las denominadas reformas borbónicas. La serie de acuerdos firmados entre las potencias europeas había otorgado a Inglaterra la concesión del envío de un barco anual al dominio español de las Indias, llamado el navío de permiso y el asiento de negros, monopolio de treinta años para el tráfico de esclavos negros, con estos territorios. La reina Ana transfirió estas concesiones a la Compañía del Mar del Sur (en inglés, The South Sea Company) por 7.500.000 libras para financiar la deuda que había dejado la guerra. La especulación económica que se generó alrededor del comercio, con las colonias españolas en Sudamérica, hizo que los títulos de la empresa se multiplicaran por nueve en el primer semestre de 1720. Esta burbuja económica, conocida como la burbuja de los mares del Sur, fue una de las crisis bursátiles más devastadoras de la historia del capitalismo. Esta institución estableció uno de sus mercados más importantes en la barranca del Retiro, en Buenos Aires. Los buques que transportaban esclavos permitían el intercambio ilegal de manufacturas por los productos primarios de la región: cuero, tasajo y sebo. La primera expedición militar británica que llegó a la región lo hizo en el marco de la Guerra de los Siete Años. En enero de 1762, España se involucró definitivamente en este conflicto entrando en guerra con Inglaterra y Portugal. En octubre del mismo año, Pedro de Cevallos volvió a ocupar Colonia del Sacramento para España. Al año siguiente, en 1763, se produjo la fracasada Invasión anglo-portuguesa al Río de la Plata, cuya flota compuesta por diez barcos y más de mil hombres de Gran Bretaña y de Portugal, fue vencida por las tropas de España al intentar retomar Colonia.

El Virreinato del Río de la Plata

La fundación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, fue una medida de carácter estratégico militar, con fuertes implicaciones económicas. Carlos III se vio presionado por el avance portugués sobre el Río de la Plata, las sucesivas expediciones británicas y francesas sobre las costas de la Patagonia y la necesidad de blanquear las operaciones ilegales en el puerto de Buenos Aires, alentadas por el monopolio comercial que el Virreinato del Perú, centro del poder español en América del Sur, otorgaba a su capital, Lima. Mientras en toda América y Europa se esparcían las influyentes ideas relacionadas con: la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución francesa y las políticas liberales del gobierno del Reino Unido, España continuaba con su política tradicional en sus tierras. Dado que prácticamente carecía de factorías, era incapaz de absorber los productos procedentes del Nuevo Mundo, desfavoreciendo así al desarrollo económico de los virreinatos americanos. El principal interés estaba colocado sobre la extracción de metales preciosos, con los cuales la metrópoli financiaba sus guerras y alianzas. En cambio, Inglaterra transitaba el camino hacia la industrialización y, por lo tanto, crecía allí la demanda de productos primarios. Dadas las numerosas restricciones aduaneras que se imponían en los puertos sudamericanos y la inexistencia de actividad minera, en la región del Plata, el contrabando se convirtió rápidamente, en la base del comercio de una región cuya actividad económica principal era la ganadería. La supresión del monopolio del tráfico de Indias en 1778, que había privilegiado hasta entonces a la Casa de Contratación de Indias de Sevilla y, posteriormente, a Cádiz, por un lado intentó destruir por completo la plaza comercial portuguesa de Colonia del Sacramento, tras el resultado incierto de la ocupación española, en el mismo año de su fundación. Por otro lado, si bien esta medida no logró contener el contrabando, fue un antecedente para el crecimiento económico de la capital virreinal: sólo entre 1800 y 1807 los ingresos del Cabildo se multiplicaron por catorce. En 1797, por orden de Carlos IV de España, el virrey Antonio Olaguer Feliú autorizó el comercio con países neutrales debido a las dificultades, en el intercambio con España a causa de las hostilidades crecientes en Europa y al importante dominio inglés de los mares. Esto ubicó al Río de la Plata en las rutas del comercio internacional, atrayendo numerosas naves estadounidenses e impulsando el aumento de la presencia británica en la economía porteña. De manera intermitente, el comercio con Gran Bretaña pasaba de la legalidad a la clandestinidad, de acuerdo a las relaciones cambiantes entre la península y aquella nación. Las autoridades virreinales, en ocasiones, fomentaron este tipo de actividad en lugar de prohibirla, mediante funcionarios corruptos. Este comercio contribuyó al surgimiento de la élite de comerciantes porteños que pronto enviaron a sus hijos a estudiar a Europa, desde donde traerían las ideas revolucionarias.

Las Guerras Napoleónicas

Las guerras napoleónicas no sólo repercutieron en Europa sino que también tuvieron consecuencias en América y en la región del Plata. Desde los inicios de la Conquista de América, Inglaterra se había interesado en las riquezas de la región. La Paz de Basilea, en 1795, puso fin a la guerra entre España y la Revolución francesa. En 1796, por el Tratado de San Ildefonso, España se alió con Francia, que estaba en guerra con Inglaterra, abriendo así la brecha que justificaría la actuación militar de Gran Bretaña, que buscaba obtener mayor influencia sobre las posesiones españolas. La llegada al poder de Napoleón Bonaparte en 1799 y su proclamación como emperador de Francia en 1804, alteró las relaciones internacionales y renovó la alianza española con Francia. La presión de Napoleón sobre Carlos IV de España dio como fruto la restitución de Manuel de Godoy en el poder, quien declaró en 1802 la guerra al reino de Portugal, principal aliado del Reino Unido en el continente. La batalla de Trafalgar, en 1805, puso de manifiesto el fin de tres siglos de supremacía naval española, a través de su armada, lugar que pasó a ocupar la flota británica. Asimismo, este resultado minó la capacidad de España para defender y mantener su imperio.

El bloqueo continental napoleónico

A comienzos del siglo XIX, el Reino Unido se encontraba en plena revolución industrial, lo que lo convertía en la economía más productiva de toda Europa, posicionándose con fuerza como exportadora de productos manufacturados. Poco menos de la mitad de estos productos tenían como destino el mercado europeo continental. Tras el rotundo fracaso militar que significó para Francia y España la batalla de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, Napoleón Bonaparte optó por la estrategia de la guerra económica, contra Inglaterra y sus aliados. En noviembre de 1806, poco después que Francia conquistara o se aliara con cada una de las potencias del continente, desde la península ibérica hasta Rusia, Napoleón promulgó el Decreto de Berlín, prohibiendo a sus aliados y a los países conquistados cualquier tipo de relación comercial con Gran Bretaña. Esta medida volvió a alentar las necesidades del Reino Unido de consolidar y asegurar sus intereses en el Nuevo Mundo.

Política británica para Sudamérica

En 1711, el gobernador de las islas Bermudas, John Pullen, envió una carta al ministro Robert Harley, conde de Oxford, diciéndole que “el Río de la Plata es el mejor lugar del mundo para formar una colonia inglesa”. A partir de entonces, una serie de planes de ocupar Buenos Aires y otras ciudades sudamericanas fueron propuestos, pero se vieron frustrados por diversas circunstancias. La guerra del Asiento fue un conflicto bélico que duró de 1739 a 1748, en el que se enfrentaron las flotas y tropas del Reino de Gran Bretaña y del Reino de España, principalmente en el área del Caribe. A partir de 1742, la contienda se transformó en un episodio de la guerra de Sucesión Austriaca, cuyo resultado, en el teatro americano finalizaría con la derrota inglesa y el retorno al statu quo previo a la guerra. La acción más significativa de la guerra fue el Sitio de Cartagena de Indias de 1741, en el que fue derrotada una flota británica de 195 naves y una  fuerza de 30.000 hombres a manos de una guarnición española compuesta por unos 3.000 hombres y 6 navíos. El fin de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, en 1783, tuvo un gran impacto en Gran Bretaña. En ese mismo año, William Pitt el Joven asumió como primer ministro del Reino Unido. Bajo su administración, que coincidió con los inicios de la Revolución Industrial, Pitt apuntó a la consolidación del comercio exterior y en lugar de buscar nuevas colonias procuró abrir nuevos mercados. Esta política se veía severamente perjudicada por las trabas que imponía España y las alianzas cambiantes entre las potencias europeas. Por lo tanto, la independencia de las colonias españolas en América pasó a ser un tema central de la administración Pitt. En 1789, la guerra entre Gran Bretaña y España parecía inminente tras el incidente del Territorio de Nutca. El revolucionario venezolano, Francisco de Miranda, aprovechó la ocasión para presentarse ante Pitt, con su propuesta para liberar la América hispana. Miranda soñaba con emancipar los territorios del Nuevo Mundo, bajo dominio portugués y español, y convertirlos en un gran imperio independiente gobernado por un descendiente de la Casa de los Incas. El plan presentado en Londres solicitaba la asistencia del Reino Unido y los Estados Unidos para ocupar militarmente las principales ciudades sudamericanas, asegurando que el pueblo recibiría a los británicos cordialmente y que se apresurarían a organizar gobiernos soberanos. A cambio de esta ayuda, el Reino Unido obtendría los beneficios del intercambio comercial sin restricciones, y el usufructo del istmo de Panamá, con el fin de construir un canal para el paso de navíos. Pitt aceptó la propuesta y comenzó a organizar la expedición. La Convención de Nutca en 1790 puso fin a las hostilidades, con lo cual la misión fue cancelada. Según los términos de este tratado, el Reino Unido reconocía la soberanía hispana en los archipiélagos del Atlántico Sur, próximos al continente americano a cambio de asentarse en la isla de Quadra y Vancouver. Así, los colonos británicos que se habían establecido hacía unos años en las islas Malvinas, abandonaron el archipiélago. En 1796, el gabinete de Pitt elaboró un nuevo plan de intervención en Sudamérica en respuesta a la decisión de España de aliarse a Francia. Pero la pérdida de Rusia y de Austria como aliados puso a Gran Bretaña en una situación más comprometida frente a los inminentes ataques de las flotas navales: francesa, española y holandesa, por lo que el proyecto tuvo que ser nuevamente abandonado. El 5 de octubre de 1804, cuatro buques británicos interceptaron, en las proximidades de Cádiz, a una flota española de cuatro fragatas cargadas, con oro y plata del Alto Perú. El botín, evaluado en unos dos millones de libras, fue enviado a Londres. En este contexto, Pitt dio a conocer el plan de Miranda al comodoro Home Popham, quien se convertiría en un entusiasta del asunto de Sudamérica. El 14 de octubre, Popham y Miranda presentaron a Pitt un memorándum que contenía detalles específicos para liberar Sudamérica y del cual Popham se valdría en 1806 para solicitar tropas para atacar Buenos Aires. Ante la indecisión de Pitt para autorizar un ataque al Río de la Plata, a mediados de 1805, Popham se alistó en una expedición que tenía como objetivo la captura del cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. Pitt le ordenó abandonar el plan de conquista de América del Sur, por el momento. Decepcionado por esta decisión, en noviembre de 1805, Miranda viajó a Nueva York, con el objetivo de organizar una expedición para liberar a Venezuela, con la cooperación de los Estados Unidos.

Preparativos para la defensa

Hacia fines de 1805, la posibilidad de una invasión inglesa ya recorría Buenos Aires. Esta capital sudamericana, con sus 45.000 habitantes, era uno de los puertos más prósperos del Nuevo Mundo (Nueva York, la ciudad más grande, por entonces, en la América anglosajona, contaba con unos 85.000 habitantes). El virrey del Río de la Plata, Rafael de Sobremonte, III marqués de Sobremonte, había solicitado refuerzos militares a España en varias oportunidades. Los cuerpos militares del virreinato habían sufrido muchas bajas en los últimos tiempos, en particular, durante la sublevación indígena liderada por Túpac Amaru II. Sin embargo, la única respuesta que obtuvo fueron unos cuantos cañones y la sugerencia de armar al pueblo para la defensa. Pero el virrey entendía que dar armas a los criollos, muchos de ellos influenciados por ideas revolucionarias, era una estrategia peligrosa para los intereses de la corona. El jueves 2 de enero de 1806 arribó al puerto de la Ensenada de Barragán el bergantín mercante Espíritu Santo, el cual fue interrogado por el alférez Navarro, por orden del capitán de puerto: Santiago de Liniers, de origen francés, al servicio de la corona española. El capitán del mercante, Francisco Paula de Fernández, informó haber avistado una flota británica en Todos Los Santos: Brasil, el pasado diciembre de 1805. Esta flota es parte de la expedición de David Baird que se dirigía a la colonia holandesa de Cabo de Buena Esperanza. Sobremonte recibió esta noticia de que una flota británica se había aprovisionado, en el puerto de Bahía, Brasil, y siguiendo las medidas estipuladas por la corona, organizó las escasas tropas virreinales para la defensa del estratégico puerto de Montevideo, el cual poseía suficiente calado para permitir la entrada de buques de guerra, lo que lo convertía en la plaza militar más importante sobre el Río de la Plata. Liniers recibió la orden de armar una flota para resguardar las costas y asegurar la libre navegación entre Montevideo y Buenos Aires y fue designado comandante del puerto de Ensenada de Barragán, a unos 45 km al sur de Buenos Aires. Liniers había sido enviado al virreinato, en 1788, como capitán de puerto. Era hermano del marqués de Liniers, poderoso comerciante francés en Buenos Aires, y ambos pertenecían al grupo de porteños que simpatizaban con Francia. El gobernador de la Plaza de Montevideo convocó a los habitantes y a las milicias para organizar la defensa ante la posible invasión. A dicha convocatoria acudió Juan Bautista Azopardo, segundo comandante de la Fragata Corsaria Dromedario. Se le asignó la Lancha Obuse Invencible Nº4 para realizar misiones de vigilancia costera. La tripulación se compuso con parte de la perteneciente a la Dromedario. Luis de la Cruz viajó por las pampas buscando la ruta más directa de Concepción a Buenos Aires; durante la expedición estableció alianzas con varias tribus. En 1806 ofreció al virrey 3.000 lanzas para expulsar a los ingleses de la ciudad.

Organización de la invasión

En enero de 1806, se produjo la segunda conquista del Cabo de Buena Esperanza, por un ejército británico, al mando del teniente general David Baird. La captura para la corona británica de la colonia holandesa del Cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica había sido lograda con la misma flota que había causado alarma en el Río de la Plata. Por esos días, Napoleón triunfaba en las batallas de Jena y Auerstaedt, lo que consolidaría a Francia como la potencia hegemónica en Europa. Inglaterra dominaba el acceso comercial entre el océano Atlántico y el océano Índico. Popham mantenía contacto con comerciantes establecidos en Buenos Aires, entre ellos William Porter White, a quien debía una importante suma de dinero. El 28 de marzo, llegó al Cabo desde Buenos Aires el barco negrero Elizabeth que habría traído una carta de White en la que este indicaba que se encontraba en la ciudad un tesoro de más de un millón de pesos provenientes de Potosí listo para ser enviado a España, con el cual Popham podría saldar su deuda. El comodoro intentó persuadir a Baird para que le brindara su apoyo para tomar el Río de la Plata, valiéndose de varios argumentos y asegurando que recibirían el apoyo de la población local, pero el general no accedió. Baird se encontraba en una posición incómoda, lo que explicaría por qué le otorgó a Popham el Regimiento 71 escocés, uno de los cuerpos más sólidos del Ejército del Reino Unido, al mando del teniente coronel Denis Pack, para una misión que no había sido aprobada oficialmente. Por un lado, los gobernadores de colonias remotas tenían el poder de decidir acciones militares de urgencia. Por otro lado, la ley británica establecía porcentajes de los botines de guerra que eran entregados a los participantes, en particular, los militares de alto rango podían recibir importantes sumas. Además, si la expedición partía sin la ayuda de Baird y fracasaba, Popham podría acusar a Baird ante un tribunal de guerra. El 14 de abril la flota británica cruzó el Atlántico en dirección al Río de la Plata. Baird nombró general al coronel William Carr Beresford para que liderase el ataque a Buenos Aires. La escuadra llegó a Santa Elena el 29 de abril, y Popham logró que el gobernador de la isla le prestara 280 soldados para su misión y envió una carta a Londres, dando a conocer los motivos por los cuales se dirigía a Sudamérica basando sus argumentos, en el memorándum de 1804. Lo que Popham desconocía era que Pitt había muerto recientemente y que en su lugar había asumido William Wyndham Grenville, del partido opositor Whig. En mayo, Popham envió a la fragata HMS Leda por delante de la escuadra para sondear el río. El 19 de mayo el capitán envió a un oficial y tres marineros con un bote a las costas cerca de Santa Teresa para que tomasen notas de las costas y la zona, pero fueron capturados por una partida de milicianos que los trasladaron a Buenos Aires, donde después de tomarles declaración, el virrey no tomó ninguna medida adicional, quizás porque no obtuvo nada del oficial, o este muy probablemente desconociera los detalles del plan (por su rango). Los prisioneros fueron confinados en Las Conchas. En Buenos Aires (por la práctica del contrabando y la trata de negros) se había formado una clase pudiente que simpatizaba con el Reino Unido y serían los colaboradores de las fuerzas de ocupación británica. Los oficiales ingleses se alojaron en las casas de las familias adineradas que ofrecieron tertulias en su honor, estableciendo una relación que iría más allá del poco tiempo que duró la ocupación.


Los ingleses en el Río de la Plata
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