El ataque de los marginados
Los pueblos originarios de la Patagonia eran de “pata al suelo” y usaban una lanza corta. El malón que asoló nuestras pampas a mediados del siglo XIX es una respuesta a la malocas españolas de los blandengues que atacaban a caballo y con lanzas largas a las indefensas tribus para conseguir sal, extender las tierras para la ganadería y llevarse cautivos para mano de obra esclava. Olvidados perseguidos y excluidos, los pueblos originarios se rebelaron atacando las fronteras del blanco y haciendo lo mismo que le hacían a ellos
La frontera con el indio
En ocasión de las invasiones inglesas doce tribus pampas se presentaron ante Liniers para ofrecer su apoyo contra los casacas rojas. La Patagonia argentina y el sur de Chile no fueron conquistados por los españoles por la heroica resistencia de araucanos y tehuelches. No obstante, los jesuitas evangelizaron el sur de Chile hasta la isla de Chiloé. Los hermanos Pincheira aristócratas españoles chilenos, (derrotados por O´Higgins y San Martín) se refugiaron en las tolderías para resistir a las fuerzas independentistas, atacando y saqueando poblaciones indefensas de Chile y Argentina y el cacique Chocorrí fue su principal y más peligroso aliado. Contra estas incursiones, el general Bulnes llevó adelante una campaña en Chile y Rosas hizo lo propio en nuestro territorio.
Después de terminar con Chocorrí y los Pincheira, Rosas estableció un acuerdo con los indios, encomendando a las tribus la defensa de nuestras fronteras, otorgándoles grados militares a los caciques que nos permitirían el acceso a las salinas a cambio alimentos y frazadas como parte de pago. Además, se vacunarían contra la viruela y combatirían contra las tribus que violaran el tratado. Todos los años, una delegación de las tribus pampeanas se presentaba en Buenos Aires para reunirse con Rosas en la plaza de Mayo. Hacían un círculo sentados en el suelo y Rosas, quien hablaba la lengua de los loncos, los homenajeaba durante varios días en los que la familias pudientes no salían ni para hacer los mandados.
Después de Caseros, los gobiernos que sucedieron a Rosas, incumplieron los tratados y atacaron las tolderías y son de esta época los malones más grandes que se registran en nuestra historia.
Hace unos días, el presidente mexicano, López Obrador, le pidió al rey de España que pidiera perdón por los abusos contra los pueblos originarios durante la colonización de América. El Gobierno español reconoció que pudieron existir excesos por parte de los conquistadores, pero que las matanzas más grandes de pueblos originarios en México ocurrieron durante la dictadura de Porfirio Díaz, en los años ochenta del siglo XIX. Un genocidio igual ocurrió en nuestro país.
Para 1810, los pueblos originarios habitaban el ochenta por ciento de nuestro actual territorio. Le cupo a los unitarios, triunfantes en Caseros, la persecución y el exterminio de nuestros pueblos en nombre del progreso. Esto ocurrió en toda América, por lo que probablemente haya sido una política global impulsada desde Europa para expulsar los excedentes de mano de obra que dejaba la mecanización de la industria en el viejo continente.
Descripción del malón
El malón fue utilizado en la extensa área de la frontera sur de la entonces Capitanía General de Chile y del Virreinato del Perú y del posterior Virreinato del Río de la Plata, que eran jurisdicciones políticas dependientes de la corona española, perviviendo hasta comienzos del siglo XX en los territorios de los nuevos estados, surgidos a consecuencia de la independencia de Argentina y Chile.
La eficacia del malón se debía al desconcierto que generaba un ataque: sorpresivo, sin orden formal, generalmente por la noche, mientras dormían los habitantes y soldados, y sólo estaban alerta los vigías nocturnos apostados en los mangrullos. Como consecuencia de la rápida acción de los atacantes y su posterior retirada, no daba suficiente tiempo para organizar la defensa, dejando tras de sí una población devastada. Las armas que empleaban los indios eran principalmente lanzas, mazas y boleadoras.
Malones históricos
Si bien, la historia argentina está llena de pequeños y muy grandes malones los más importantes que se produjeron en Argentina, fueron: en septiembre de 1740, el cacique Cangapol junto con tehuelches, huilliches y pehuenches, realizaron ataques en Arrecifes, Luján y Magdalena. En total, estos ataques causaron la muerte de cientos de españoles.
El 3 de diciembre de 1820, el exjefe del Gobierno de Chile, José Miguel Carrera, con sus hombres y 2.000 indígenas de los caciques Pablo, Yanquetruz y Ancafilú, y 500 desertores, destruyeron el Fuerte de Salto y su población.
El 4 de abril de 1821, unos 1.500 indígenas bajo el mando de José Luis Molina atacaron el pueblo de Dolores, destruyéndolo completamente. Se hicieron con 150.000 cabezas de ganado.
En octubre de 1823, una coalición de 5.000 ranqueles, pampas y tehuelches atacaron simultáneamente el sur de Santa Fe, Luján, Tandil y Chascomús. Juan Manuel de Rosas, al frente de milicias, logró rescatar de los tehuelches 120.000 reses.
En la primavera de 1836, el cacique Railef, procedente de la Araucanía, realizó un malón con 2.000 guerreros sobre Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. Obtuvo 100.000 cabezas de ganado, pero, cuando iba de vuelta, el cacique Calfucurá lo emboscó y derrotó.
El 13 de febrero de 1855, Calfucurá, Catriel y Cachul arrasaron la localidad bonaerense de Azul al frente de 2.000 guerreros, muriendo 300 personas y se llevaron cautivas a 150 familias y 60.000 cabezas de ganado.
En 1857, el jefe Coliqueo atacó Pergamino y se apoderó de 40.000 reses.
El 19 de mayo de 1859, la Fortaleza Protectora Argentina fue atacada por Calfucurá con 3.000 guerreros, siendo el último malón a la ciudad de Bahía Blanca.
El 5 de marzo de 1872, Calfucurá, con un ejército de 6.000 guerreros, atacó los pueblos de General Alvear, 25 de Mayo y 9 de Julio, matando a 300 criollos y haciéndose con 200.000 cabezas de ganado.
El “Malón Grande,” que comenzó en diciembre de 1875, fue una conjunción de guerreros de Namuncurá, lanzas trasandinas, ranqueles, indios de Pincén y de Catriel que se sublevaron contra el Gobierno nacional. Un total de 3.500 lanzas (otras fuentes hablan de 5.000) asolaron los partidos de Azul, Tandil, Olavarría, Juárez, Tapalqué, Tres Arroyos y Alvear, una extensión de casi 7.000 kilómetros cuadrados. Solamente en Azul dejaron 400 muertos. Se llevaron 500 cautivos y un total de 300.000 reses. Los indios fueron vencidos el 18 de marzo de 1876 en la batalla de Paragüil, recuperándose numerosos animales.
El 19 de marzo de 1919, se produjo la masacre de Fortín Yunká, al norte de la actual provincia de Formosa, conocido como el último gran malón en territorio argentino.
Los malones en la literatura
Autores como Esteban Echeverría, José Hernández o Jorge Luis Borges han abordado en sus obras la importancia del malón en la configuración social de la época. Retrataron con maestría la psicología de los cautivos y la algarabía de los indios por el botín arrebatado a los cristianos.
Así, Esteban Echeverría, en su poema La cautiva narró el rapto y las penurias que sufre la cristiana cautiva para poder escapar de la vida miserable en la que se encuentra junto a su marido y poder regresar con su hijo. En la segunda parte del libro, “El festín” se lee: Feliz la maloca ha sido; / rica y de estima la presa / que arrebató a los cristianos: /caballos, potros y yeguas, / bienes que en su vida errante / ella más que el oro precia; /muchedumbre de cautivas, / todas jóvenes y bellas.
Los cautivos fruto del malón, eran destinados por los indios a trabajos forzados dentro de las tolderías mientras duraba el cautiverio, hasta que podían negociar la libertad de los mismos o intercambiarlos por indios tomados como rehenes por los cristianos.
En el caso de las mujeres y los niños eran incorporados como mano de obra y asimilados dentro del grupo. La suerte de la mujer estaba ligada a la de un indio que la raptaba para tomarla como su pareja y con la consiguiente consecuencia de engendrar sus hijos. Este rapto lo llevaba a cabo quien no podía pagar el precio o dote de una novia y también porque tener una esposa blanca daba estatus social.
En El Gaucho Martín Fierro se escribió que estas mujeres eran sometidas a los más duros trabajos dada la baja jerarquía que ostentaban dentro del grupo:
“era tan dura servidumbre / hacían dos años que estaba. / Un hijito que llevaba, / a su lado lo tenía. / La china la aborrecía, / tratándola como esclava.”
Un libro reciente investiga un falso malón en la provincia de Santa Fe que en realidad fue una matanza de indios a manos de los colonos. El hecho ocurrió en 1904.
El malón que no fue
¿No tenían voz los indios?”, preguntó David Viñas al comienzo de uno de sus mejores libros, ‘Indios, ejército y frontera’. Y sigue hablando de la voz del indio como figura que sintetiza una versión ausente de los hechos: “quizás, los indios, ¿fueron los desaparecidos de 1879?”. El libro apareció en 1979, cien años después del genocidio que en nuestra historia pasó a conocerse con el nombre de “Conquista del Desierto”. Un año significativo, por demás, para poner esa palabra, ese término que pesa y arrastra y conmociona: ‘desaparecido’.
‘El malón que no fue’, del psicólogo e investigador del genocidio indígena, Marcelo Valko, es un trabajo que busca raspar el discurso oficial para encontrar detrás las voces silenciadas de los habitantes originarios de nuestro territorio, a partir de un caso singular, un caso que, bien podemos decir, es de película. El 21 de abril de 1904, en el pueblo de San Javier, provincia de Santa Fe, durante los últimos meses de la segunda presidencia de Julio A. Roca, se lleva a cabo una terrible matanza de indios que es disfrazada como un intento de defensa, por parte de los locales frente a una avanzada de “incivilizados” que buscaban tomar el lugar. Con cien bajas encima, entre muertos y heridos, los nativos pasan a ser catalogados rápidamente como sediciosos que mordieron la mano del que les dio de comer. Pero todo esto, como bien destaca Valko, hubiese quedado en apenas una nota al pie en la larga historia de masacres indígenas, si no hubiese sido por una película. A lo largo de 1917, Alcides Greca, un joven periodista y político que hasta el año anterior había sido diputado provincial por el radicalismo, filma una película conocida con el nombre de ‘El último malón’, la primera en 35 mm filmada en un lugar de Argentina que no era Buenos Aires. Situado en las locaciones donde se dieron los hechos de la matanza de indios, en el mismo pueblo de San Javier, Greca utiliza como actores en su película muda, a los mocovíes sobrevivientes de la masacre. Marx tenía razón. La historia tiene ese gusto caprichoso por darse dos veces: primero como tragedia después, como farsa. ‘El malón que no fue’ no es otra cosa que un libro que trata de encontrar en estos dos hechos la lógica discursiva de un sistema de represión que sigue operando hasta nuestros días. Porque no se juega solamente en estos sucesos la manera de contar la historia argentina. Ni Viñas ni Valko están diciendo eso. Lo que se juega es entender de qué manera opera el sistema: cómo borra con la mano lo que escribe con el codo. Y cómo, sobre todo, busca siempre justificar lo que lisa y llanamente es un asesinato. Uno de ayer o uno de nuestros días.
Valko, a la manera de un Rodolfo Walsh enfocado en los sucesos de comienzos del siglo XX en San Javier, reconstruye los hechos confrontando las diversas fuentes periodísticas para entender qué es lo que había sucedido en el lugar. Y, sobre todo, cuál fue el principal motivo de la masacre. El caso puntual del único asesinado en el supuesto bando defensor, el vecino Félix Lena, le sirve a Valko para ver las incongruencias del relato oficial y poder permitirse sembrar por todos lados la semilla de la duda. Supuestamente, Lena viendo el clima agitado entre los indios y el Gobierno, cae víctima de un lanzazo por parte de los primeros en su posición de defensa. Los diarios La Prensa, La Nación y El País publican respectivas notas en donde informan de la baja. Dos días después, los primeros dos diarios anuncian que Lena falleció en un hospital, luego de sufrir largamente por las heridas infligidas por los indios. A fin del mes de abril, sin embargo, esos medios dan a conocer una crónica de los hechos en donde Lena es asesinado en el mismo día del levantamiento por parte de un grupo de violentos que lo atacaron a hachazos, lanzazos y hasta “balazos”, dejándolo tendido en el suelo para luego quitarle la ropa. Lena, según esta última versión, dada a conocer por periódicos como La Prensa, se había plantado frente a los indios, reclamando uno de sus caballos, harto del robo que los vecinos sufrían de manera constante por parte de los bárbaros que infundían temor y atentaban contra sus propiedades. Félix Lena, muerto dos veces, el 21 y el 23 de abril, se convierte en el mártir de una guerra justa. Y es quien justifica, retrospectivamente, la masacre. Y la única baja del bando “defensor”.
La cantidad de indios participantes varía según el medio. Algunos hablan de un centenar, otros llegan a los 500 ó 600, otros, finalmente, proponen la desproporcionada cifra de 1.000. Los supuestos atacantes avanzan por la calle central hacia la jefatura, con el fin de desarmar a las fuerzas defensoras, pero los diversos cantones logran contener y rechazar ese movimiento. Los vecinos, parapetados en las terrazas de sus casas, acompañados por sirvientes e “indígenas fieles”, están armados con fusiles Winchester y Rémington, los mismos usados durante la campaña militar de Roca. Los mocovíes sólo tienen lanzas, chuzas, boleadoras y algunos fusiles de retrocarga. No había que ser muy inteligente para darse cuenta cuál era el bando en clara desventaja.
Los datos son confusos, porque cada diario retoma el hecho de la manera en que mejor le parece y aporta datos que no están en los demás. O porque, también, el mismo periódico puede afirmar una cosa un día y negarla a la semana. No se sabe muy bien el horario del hecho, por ejemplo: la avanzada de los indios pudo darse al mediodía como a la madrugada, ya que aparece repartido el dato de que todo ocurrió a la 1:00 de la tarde o entre la 1:00 y las 2:00. Tampoco se sabe cuántos indios resultaron muertos: el conteo más alto llega a 20, pero se desconoce el número de heridos. Los cuales deben haber sido numerosos, si pensamos que fueron acribillados desde las terrazas con fusiles de repetición. Lo cierto es que un buen número resultó prisionero y La Prensa del 28 de abril cuenta cómo los mocovíes cautivos empezaron a sufrir a causa del contagio de sarampión. Puestos a dormir en el barro y hacinados, comienzan a ser un nuevo peligro que asusta a los vecinos de San Javier.
Los motivos del levantamiento también resultan difusos. O los mocovíes cayeron bajo la influencia de chamanes o algún tardío “Tatadios” que los convenció de que era momento de hacerse con el pueblo y reclamar sus tierras. O, como señala Valko, pudieron haberse sublevado contra un poder policial que hacía no poco tiempo había llevado adelante una represión brutal de mocovíes, en el pueblo de San Martín Norte, a 50 kilómetros al noroeste de San Javier, como represalia por el asesinato de un colono francés de apellido Cardot. O, también, como revuelta originada por los malos tratos sufridos constantemente por las fuerzas del orden. Sea de la manera que sea, lo que queda puesto en evidencia es el esfuerzo de los medios liberales por disfrazar a la masacre de acción defensiva, erigiendo sus mártires y justificando un accionar que sería el debido intento de la civilización por sobreponerse frente a la barbarie imperante. Algo de todo esto se va a conservar en la película de Greca.
Indios a lo Hollywood
Alcides Greca fue un hombre de su tiempo. Un joven de avanzada, que apoyó la Reforma Universitaria de 1918, que incursionó por varias profesiones, todas ligadas a la lógica liberal de la época (periodista, abogado, político y hasta novelista y cineasta), y que también supo considerar la importancia que tuvieron los mocovíes en su vida. Oriundo de San Javier, creció toda su vida rodeado de los habitantes originarios, y con quince años, en 1904, se encuentra estudiando en el colegio secundario Inmaculada de la ciudad de Santa Fe. Pese a la distancia, la matanza de mocovíes deja una marca indeleble en su personalidad. Por eso, volverá sobre los hechos del 21 de abril de 1904 con su única película, filmada de manera independiente, El último malón, y con la novela que publicó en 1927, Viento norte, la cual cuenta los hechos de esa triste jornada.
Para poder llevar adelante la filmación, Greca le pone un condimento bastante hollywoodense al levantamiento de los mocovíes. Primero, concentra las tintas en la disputa entre dos hermanos, personajes reales que protagonizaron los hechos y que conforman otras de las explicaciones del por qué de la avanzada indígena. Mariano y Juan López, dos hermanos que se disputaron en su momento el liderazgo de los mocovíes de la zona, y que aparecen en la película como los dos extremos de los hechos. Mientras Mariano funciona como un cacique cómplice de las fuerzas políticas de San Javier, Juan es el líder que quiere tomar el poder y que critica a su pariente por elegir el bando de los opresores. Pero, en la película, Juan aparece con el sugerente nombre de “Jesús Salvador”, remarcando un papel destinado al sacrificio. Segundo, le suma a la disputa real por el poder la figura de una mujer, Rosa Paiquí, interpretada por la única actriz efectiva de la cinta, Rosa Volpe. Esa disputa amorosa funciona como una estructura más o menos reconocible por parte del gran público para entender el motivo del enfrentamiento. Por lo demás, el guión de Greca se ajusta a la versión oficial de los hechos, como el ya citado asesinato de Félix Lena. Pero no por eso deja de funcionar, según Valko, como un importante documento de una masacre que no podría ser recordada o analizada si no fuese por El último malón. Estrenada en Rosario en abril de 1918, a catorce años de la matanza, es recibida con alegría por un público que olvida lo sucedido en 1904 y se entrega a un cierre espectacular, con Rosa Paiquí y Salvador aprendiendo, luego de su fuga hacia el “Gran Chaco”, lo que la misma civilización les había dado y ellos no habían aún probado: el beso. Vecinos de San Javier y mocovíes sobrevivientes habían aparecido en los planos anteriores, actuando según un guión que les pedía que repitieran sus roles en el día del 21 de abril, pero los espectadores quedaron más encantados con los mocovíes ejecutando el cierre romántico que el cine mudo hollywoodense ya había impuesto como conclusión lógica de cualquier película.
Marcelo Valko, autor también de libros como Pedagogía de la desmemoria (2010) y Cazadores de poder (2015), vuelve en ‘El malón que no fue’ sobre una serie de hechos que parecen sacados de alguna película de los hermanos Coen, o que puede perfectamente citarse para observar el sinsentido que a veces impera en la historia. Los mismos indios reprimidos repiten su papel frente a otra mirada vigilante, la del hombre blanco, el miembro de las sanas juventudes sanjavierinas que quiere contar un relato para rescatar la memoria de los mocovíes, siempre y cuando se adapten al guión oficial. Pareciera que, en algún sentido, todo intento de recuperación del otro, toda forma de reclamar por ciertas injusticias particulares, tiene que seguir el sistema interpretativo del que los busca representar y defender. Porque la verdad, la furiosa verdad de los hechos, quedó sepultada con las víctimas de la matanza, cuyos nombres no podemos conocer, cuya versión se nos escapa, cuya película nunca podremos ver.
La Patagonia argentina y el sur de Chile no fueron conquistados por los españoles por la heroica resistencia de araucanos y tehuelches