2024-02-01

La caída de Rosas: La Patria exiliada

Se pueden contar con los dedos de una mano los próceres que fueron perseguidos y exiliados víctimas del odio oligarca que abusando de su poder trató de borrar sus nombres de la historia. De hecho, el privilegio que es injusto por naturaleza, tiene que gobernar: a través del miedo, la mentira y la traición. Artigas, San Martín, Rosas, Yrigoyen y Perón son las víctimas ilustres que nos dieron la Independencia, la Soberanía, el derecho al voto y la Justicia Social. Trataron de borrarlos de la Historia, pero son parte del ADN argentino que se identifica, con su ejemplo y su prédica.

La época de Rosas
Artigas, San Martín y Güemes fueron los próceres de la primera década de nuestra lucha independentista y su influencia política desapareció, con la muerte de Güemes, y el exilio del libertador y del protector de  los pueblos libres.
El centralismo porteño que quería hacer del virreinato una colonia inglesa seudo independiente estaba representado por el partido unitario cuyas figuras más destacadas fueron: Rivadavia, el General Paz, Lavalle, Del Carril, García… Después del año veinte, gobernaron la provincia de Buenos aires comportándose como verdaderos intendentes gastando, en la ciudad, los recursos de la aduana; que tenían que haber sido para todo el país. Además: se endeudaron fraudulentamente, con Inglaterra, facilitaron la separación del Uruguay y persiguieron (de la peor manera) al pueblo del interior que los despreciaba por extranjerizantes, ladrones y autoritarios.
A partir del año 20 aparecieron en el interior gobiernos federales recelosos del centralismo porteño y fuertes, en las tierras que ocupaban. La guerra civil fue inevitable. Los unitarios echaron mano del ejército organizado para combatir contra el Brasil para enfrentar a las montoneras federales que finalmente los derrotaron.
Rosas es un emergente político de esta guerra civil: estanciero e industrial exitoso, entró a la arena política en defensa de los estancieros del interior de la provincia de Buenos Aires y traspasó sus métodos de mando y de organización de la estancia, al manejo de la cosa pública para hacer una Nación independiente con los pueblos divididos y enfrentados por la guerra civil.
Sus logros y su poder económico lo hicieron el hombre indispensable y fue electo por segunda vez gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 1835 cargo que ostentaría hasta el 3 de febrero de 1852.
Su gestión  pacificó Buenos Aires. A través de la Ley de aduanas, favoreció el desarrollo económico del interior, gobernó incorporando a las tribus indígenas a las que encomendó el cuidado de las fronteras, en 1840 otorgó la libertad a los negros esclavos, difundió el teatro popular y las costumbres camperas, defendió nuestra soberanía contra las pretensiones de la confederación peruano - boliviana aliada de Francia, contra: Francia que bloqueó el río de la Plata y contra una alianza anglo francesa que pretendió navegar nuestros ríos interiores, con el único derecho que le daba su poderío militar.
Finalmente,  una confrontación con Brasil que le hubiera permitido recuperar las misiones orientales y apoyar la Independencia de Río Grande fue utilizada por los unitarios, la diplomacia británica y el imperio del Brasil para armar el brazo de un traidor que lo derrotaría y lo obligaría a iniciar el camino del exilio.


La Batalla de Caseros
Después de la retirada de Francia y Gran Bretaña, Montevideo solo dependía del Imperio del Brasil para sostenerse. Este, que era garante de la independencia de Uruguay, había abusado de esa condición, en provecho propio. Juan Manuel de Rosas consideró inevitable una guerra con Brasil, y pretendió aprovecharla para reconquistar las Misiones Orientales. Declaró la guerra al Imperio y nombró comandante de su ejército a Justo José de Urquiza.
Varios personajes del partido federal acusaron a Rosas de lanzarse a esta nueva aventura solo para eternizar la situación de guerra que este usaba como excusa para no convocar una convención constituyente.
Los más inteligentes de sus opositores se convencieron de que no se podía vencer a Rosas solo con los unitarios. El general Paz, por ejemplo, creía que alguno de sus caudillos subalternos era quienes lo iban a derribar; y pensó en Urquiza.
Urquiza no sentía ningún anhelo de libertad diferente del de Rosas, aunque su estilo era distinto, en varios aspectos. Pero a fines del año 1850, Rosas le ordenó que cortara el contrabando desde y hacia Montevideo, que había beneficiado enormemente a Entre Ríos en los años anteriores. Afectado económicamente, ya que el paso obligado por la Aduana de Buenos Aires para comerciar con el exterior era un problema económico de magnitud para su provincia, Urquiza se preparó a enfrentar a Rosas.
Pero no pretendió derrotar a un enemigo tan poderoso a la manera de los unitarios, lanzándose a la aventura; tras varios meses de negociaciones, acordó una alianza secreta con Corrientes y con el Brasil. El gobierno imperial se comprometió a financiar sus campañas y transportar sus tropas, en sus buques, además de entregar enormes sumas de dinero al propio Urquiza para su uso personal, quizás destinado a fines políticos.
El 1 de mayo de 1851, lanzó su Pronunciamiento, por el que reasumió la conducción de las relaciones exteriores de su provincia, aceptando inesperadamente la renuncia que todos los años Rosas hacía de las mismas.
Urquiza tampoco se lanzó directamente sobre su enemigo, sino que primero atacó a Oribe en Uruguay. Lo obligó a capitular con él y entregar el gobierno a una alianza de los disidentes de su partido, con los colorados de Montevideo. A continuación se apoderó del armamento argentino, que formaba parte de las fuerzas de Oribe, y de sus soldados, que fueron incorporados al Ejército Grande de Urquiza.
Solo entonces, Urquiza se trasladó a Santa Fe, derrocó allí a Echagüe y atacó a Rosas. Tras la defección de Pacheco, Rosas asumió el comando de su ejército, al frente del cual fue derrotado, en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852. Tras la derrota, Rosas abandonó el campo de batalla, herido en una mano ―acompañado únicamente por un ayudante― y firmó su renuncia en el “Hueco de los sauces” (actual Plaza Garay de la ciudad de Buenos Aires): “Creo haber llenado mi deber con mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho, en el sostén de nuestra independencia, nuestra identidad, y de nuestro honor, es porque más no hemos podido”. Juan Manuel de Rosas


Exilio
Juan Manuel de Rosas se refugió en la legación británica, la tarde del día siguiente. Protegido por el Encargado de Negocios del Reino Unido Robert Gore, partió hacia Inglaterra, en el buque de guerra británico Conflict. Al llegar a dicho país, se instaló en las afueras de Southampton. Allí vivió, en una granja que alquiló, donde intentó reproducir algunas de las características de una estancia de la pampa. Fue otra de las tantas contradicciones de su vida, al buscar refugio en un país, con el que estuvo repetidamente en conflicto.
En su exilio recibió muy pocas visitas, pero escribió un buen número de cartas a quienes habían sido sus amigos. En general, trataban de su situación económica, de testimonios sobre su propia vida y en algunos casos tocaba temas de política actual. El inglés, que había empezado a estudiar junto a Manuelita, en la embarcación que lo llevó a Gran Bretaña, y que siguió con lecciones en Southampton, lo hablaba mal pero de corrido. Nunca aprendió ningún otro idioma.
El 28 de agosto de 1862 firmó su testamento en Southampton. En su cláusula segunda nombró albacea —ejecutor testamentario— al “Honorable Lord Vizconde Palmerston”, por “las tan finas como amistosas consideraciones con que me ha favorecido”. “En el caso de su muerte (de Palmerston) nombro a la persona que desempeñe el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Su Majestad Británica”. También otorgó (siguiendo la costumbre de San Martín) su espada diplomática al mariscal Francisco Solano López por su honrosa y patriótica defensa de la soberanía paraguaya.
Aún en vida del ex gobernador, José Manuel Estrada (Profeta del odio según Jauretche) opinó que Rosas: Tiranizó por tiranizar, tiranizó por deleite, por vocación, a impulsos de no sé qué fatalidad orgánica, sin dar al país la paz que prometió, antes más bien llevando de un cabo a otro de la República, la depravación y el hierro y destruyendo todas las condiciones morales y jurídicas sobre las cuales descansa el orden de las sociedades humanas”.


Juicio contra Rosas
El 9 de agosto de 1856 el Senado de Buenos Aires sancionó un proyecto de ley, en el cual se calificó a Rosas de “reo de lesa patria” y se declaró la competencia de la justicia de los tribunales, en el juzgamiento de los delitos ordinarios, endilgados a Rosas.
En 1857 la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires declara “traidor a la Patria” a Juan Manuel de Rosas al sancionar la “Ley sobre enjuiciamiento de Juan Manuel Rosas”.
La intencionalidad difamatoria se evidencia, en los argumentos de los diputados involucrados: “¿Qué dirá la Historia cuando se vea que la Inglaterra ha devuelto a ese tirano los cañones tomados en acción de guerra y saludado su pabellón sangriento y manchado, con una salva de 21 cañonazos? La Francia que hizo causa común con los enemigos de Rosas, que inició la cruzada en la figura del General Lavalle, a su tiempo le abandonó y trató con Rosas, y también debió saludar su pabellón, con 21 cañonazos. (...) ¿Qué se dirá en la Historia, y esto es triste decirlo, cuando se sepa que el valiente Almirante Brown, el héroe de la Marina de Guerra de la Independencia, fue el Almirante que defendió la tiranía de Rosas?¿Que el general San Martín, vencedor de los Andes, el padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que puede hacerse a un militar entregándole su espada?¿Se verá a este hombre, Rosas, dentro de 20 ó 50 años, tal como lo vemos nosotros a 5 años de su caída, si no nos adelantamos a votar una ley que lo castigue definitivamente con el dicterio de traidor? No señor, no podemos dejar el juicio de Rosas a la Historia, porque si no decimos desde ahora que era un traidor, y enseñamos en la escuela a odiarlo, Rosas no será considerado por la Historia como un tirano, quizá lo sería como el más grande y glorioso de los argentinos”. Diputado Nicolás Albarellos, 1857
La sentencia del juez Sixto Villegas, confirmada por la Cámara de Apelaciones y el Superior Tribunal, fue la siguiente: “Por tantos y tan horrendos crímenes comprobados contra el hombre, contra la patria, contra la Naturaleza, contra Dios (...) En cumplimiento de las leyes, en nombre de las generaciones que pasan y piden justicia y en nombre de las generaciones que vienen y esperan ejemplo (...) Condeno, como debo, a Juan Manuel de Rosas a la pena ordinaria de muerte con calidad aleve; a la restitución de los haberes robados a los particulares y al fisco y a ser ejecutado día y hora que se señale, en San Benito de Palermo, último foco de sus crímenes (...)”. Sixto Villegas


Muerte
En Argentina le habían confiscado sus propiedades, no tenía contacto con su familia, ni con su hermano Prudencio, que vivía holgadamente, en Sevilla. Se atrevió a pedirle ayuda económica a Urquiza, el cual se la otorgó, y cuando el entrerriano fue asesinado, lo siguió haciendo su viuda. Rosas falleció, en el exilio, el 14 de marzo de 1877, acompañado por su hija Manuelita, en su finca de Southampton, Inglaterra. Cuando la noticia de su muerte llegó a Buenos Aires, el gobierno prohibió hacer ningún funeral, ni misa, en favor de su alma, y organizó un inusual responso, por las víctimas de su tiranía.
La casona de Rosas, San Benito de Palermo, quedó abandonada con su exilio, y fue una ruina durante la siguiente década. Luego fue utilizada por el Gobierno Nacional, con varios fines: Colegio Militar, Escuela Naval, etcétera, mientras el presidente Domingo Faustino Sarmiento impulsó la transformación de los terrenos de estancia, en un espacio público, el Parque 3 de Febrero, llamado así en honor a la batalla de Caseros. El edificio siguió en pie hasta el 3 de febrero de 1899, cuando el Intendente Adolfo Bullrich ejecutó su implosión, con muy poca oposición social.


Después de Rosas
Después de la caída de Juan Manuel de Rosas, Urquiza declaró que no habría “ni vencedores ni vencidos”, y se apresuró a reunir el Congreso Constituyente de Santa Fe, que sancionó la Constitución Argentina de 1853 el 1 de mayo de ese año. Al año siguiente asumió como presidente de la Argentina, pero la provincia de Buenos Aires, dominada por los unitarios ―mas muchos antiguos colaboradores de Rosas― se negó a participar en esa Constitución y se separó del país. En 1859 el país fue unificado legalmente junto, con la provincia de Buenos Aires, aunque la reunificación real se produjo ―por la fuerza― a partir de 1861. Tampoco hubo un cambio significativo en las costumbres políticas ya que los gobernantes que lo sucedieron, que se habían opuesto a su régimen quejándose de las persecuciones sufridas, hostigaron con extrema crueldad a sus opositores, a quienes negaron los derechos más elementales, ejecutando a muchos de ellos, con la excusa de que no eran partidarios en armas, sino simples bandidos. Las largas guerras civiles que siguieron a la caída de Rosas, por lo menos hasta 1880 ―en las cuales participaron miembros del partido federal hasta 1873 fueron violentas y los unitarios recurrieron al degüello, la tortura y el asesinato a lanza de los federales en contra de la constitución que ellos mismos sancionaron. Los críticos más emblemáticos de Rosas y su gobierno fueron políticos de ideología liberal como Mitre y Sarmiento. Estos habían debido emigrar en ese período hacia otros países, como Uruguay y Chile. Tras la batalla de Caseros, todos ellos regresaron juntamente con los cientos de exiliados a causa del rosismo. Alberdi en cambio, aunque también debió exiliarse, alternó una fuerte oposición inicial con una actitud de justificación basada en la idea de la necesidad de una autoridad nacional fuerte; visitó a Rosas en Southampton en 1857 y mantuvo un breve intercambio epistolar con él.  También expresó Alberdi: “Aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo esto, con colores argentinos. A mis ojos, Rosas no es un simple tirano. Si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido, para no conocer lo que es Rosas”. El pensamiento de Alberdi y su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, conjuntamente con el modelo estadounidense, y las constituciones argentinas anteriores fueron la génesis de la nueva Constitución Nacional. El Estado de Buenos Aires sometió a Rosas a un proceso criminal; aún antes de que este fuera resuelto, el 9 de agosto de 1856 el Senado de Buenos Aires sancionó un proyecto de ley, en el cual se calificaba a Rosas: “Reo de lesa patria, por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo y por haber hecho traición a la independencia de su patria”. Senado de Buenos Aires Ya en el siglo xx, el investigador Tulio Halperín Donghi, citado por Pacho O’Donnell, sostuvo que Rosas: “Era un autócrata por naturaleza y hasta el fin de sus días se mostró convencido de que a los países había que gobernarlos con mano fuerte para evitar lo que él consideraba su natural tendencia a la anarquía. Hay quien afirma que Rosas conocía la obra del francés Bossuet, defensor del absolutismo monárquico, cuyas ideas textuales reproduciría en sus escritos: “El rey puede compararse con un padre y recíprocamente un padre puede ser comparado con el rey,... Amar, gobernar, recompensar y castigar es lo que deben hacer un rey y un padre”. Tulio Halperín Donghi . Al mismo tiempo, numerosos académicos contemporáneos continúan sosteniendo la posición altamente negativa y tiránica de Rosas. Tal el caso de Alberto Benegas Lynch (hijo), quien en su artículo “Juan Manuel de Rosas: perfil de un tirano”, hace un acabado resumen citando la opinión de muy diversos autores partidarios de esta postura.


Rosas en la actualidad
Los restos de Juan Manuel de Rosas permanecieron en el exilio durante más de un siglo. Su cuerpo fue repatriado el 1 de octubre de 1989, durante la presidencia de Carlos Saúl Menem, en cumplimiento de una ley promulgada en 1974 por la presidenta María Estela Martínez de Perón. Reposan actualmente en el panteón familiar del Cementerio de la Recoleta en la Ciudad de Buenos Aires. En 1999 se construyó el primer monumento en su honor, ubicado en la Plaza Intendente Seeber, en la esquina de la Avenida del Libertador y Avenida General Sarmiento, en el Parque 3 de Febrero, en el barrio porteño de Palermo. Una estación de la línea B del subte de la capital lleva su nombre, aunque no existe ninguna calle en esa ciudad que lo conmemore. No obstante, en otras localidades de la Argentina se lo recuerda con nombres dados a la toponimia urbana: en La Matanza, la Ruta Nacional 3 se denomina Avenida Brigadier General Juan Manuel de Rosas; en José León Suárez (Partido de General San Martín) el trayecto de la ruta 4 lleva su nombre; la avenida costanera de la ciudad de San Carlos de Bariloche también se llama Rosas; y lo mismo sucede con una calle céntrica de la ciudad de Rosario. En el año 1991, el Correo Oficial argentino emitió una estampilla, con un valor de 4.000 australes alusiva a la “Repatriación de los restos del brigadier general don Juan Manuel de Rosas”, con su efigie. Desde 1992 los billetes de 20 pesos llevaron su figura. En octubre de 2017, el Gobierno de Mauricio Macri decretó remplazarlos por la efigie de un guanaco. En la ciudad de San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires, se conserva el rancho de Rosas, construido en 1817. Pertenecía a la estancia Los Cerrillos, cercana a la ciudad, y fue trasladado a su emplazamiento actual en 1987. Allí funciona el museo Guardia de Monte. En la localidad de Virrey del Pino ―calle Máximo Herrera 5.700―, en el partido de La Matanza, En la Provincia de Buenos Aires, se conserva el casco de la antigua estancia San Martín (Estancia El Pino), adquirida el 20 de abril de 1822 por la sociedad: Rosas, Terrero y Cía., formada por Rosas, Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego. Al disolverse esa sociedad en 1837, pasó a ser de propiedad exclusiva de Rosas. Allí funciona actualmente el Museo Histórico Municipal de La Matanza Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. En la localidad de San Andrés -calle 72 y Diego Pombo, N 3.324-, en el Partido de General San Martín, Provincia de Buenos Aires, se conserva el edificio construido en 1840 durante el conflicto que la Argentina mantuvo con Francia, en los años 1838-1840, donde funcionó la comandancia del campamento de los Santos Lugares de Rosas.

Artigas, San Martín, Rosas, Yrigoyen y Perón son las víctimas ilustres que nos dieron la Independencia, la Soberanía, el derecho al voto y la Justicia Social.
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