Cada vez más mujeres eligen postergar la maternidad en Argentina, pero ¿las acompaña el reloj biológico?

“Como tener un millón de dólares en el banco”. Esa fue la sensación que Rocío Carbajo dijo que tuvo el día que congeló sus óvulos. Conservó algunos en ese estadío y también tres embriones con su pareja. Fue una decisión práctica, una reserva -“por las dudas”, como un fondo personal- y otra junto a su novio.


Tenía 36 años y planes de mudarse de Buenos Aires a Barcelona. Se hizo estudios pensando en la maternidad a futuro y su médica le recomendó la criopreservación. “La idea fue congelar para venirme a vivir acá con eso resuelto”, explicó días atrás desde la ciudad catalana. Entonces, no pensó que tres años más tarde, la primera transferencia de uno de sus embriones tampoco terminaría con un embarazo.

La historia de Rocío forma parte de una estadística: la de que cada vez más mujeres, en Argentina, eligen postergar la edad para tener hijos. La cultura cambia, pero la biología ¿acompaña? Según datos oficiales, en 1980 los niveles de fecundidad más altos se daban entre las mujeres de 20 a 29 años. Cuarenta años después, en 2020, ese número se extiende a las mujeres de 30 a 34 años y la tendencia se repite en otras partes del mundo, como Estados Unidos y España.


La otra cara de las cifras: la natalidad baja
Expertos registran que cuando las personas tienen su primer hijo más tarde, tienden a tener menos hijos. Si en 1980 había 25 nacimientos por cada mil habitantes en Argentina, en 2020 la tasa cayó a menos de la mitad: 11,8.

Romina Pesce es jefa del área Fertilidad y Reproducción del Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires y explicó que este fenómeno global responde a algunos cambios sociales que la mujer fue teniendo, como el acceso a la educación formal, la incorporación al mercado laboral, el desarrollo profesional, la autonomía financiera y el acceso a los anticonceptivos.

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