Las camisas viejas de Milei
Al margen de cualquier consideración política, mucha gente (cada vez más) considera que el actual presidente Javier Milei está bastante “mal de la cabeza”.
No es agradable decirlo y sería bueno poder obviar esas opiniones, por respeto a la institución presidencial y por respeto a quienes, para mal o para peor que mal, votaron a este alarmante personaje que está destruyendo a la economía argentina; votantes a los que, como dicen los juristas, les cabe inicialmente la presunción de inocencia.
La piadosa (e ingenua, quizá demasiado ingenua) presunción de que no eran conscientes de los desquicios mentales que con sus votos estaban impulsando para mal de la Argentina. Pero por tratarse de una cuestión que claramente incumbe al bien general, al interés de toda la comunidad, dicha expresión acerca de la cabeza del presidente pasa ya a ser una herramienta de defensa de los argentinos.
Se trata de encender justificadas alarmas, necesarias aunque tardías, porque resulta ya más que evidente que Milei, con sus insultos y burlas y ofensas, busca envilecer la conciencia ciudadana para instalar la hegemonía de sus pensamientos, de sus delirantes ideas.
Así lo dejó entender en estos días el conocido economista liberal Roberto Cachanosky, quien expresó su espanto ante la peligrosa personalidad del actual jefe del Estado: “Milei es un maleducado”, dijo este economista, y lo acusó de “impulsar una cultura política basada en el insulto, la intolerancia y el hostigamiento”; y agregó: “Milei no conoce límites”.
Para estas apreciaciones no hacía falta que Cachanosky ilustrase al respecto, muchos ya tienen muy en claro cuáles son las características violentas del presidente; pero vale citar a ese economista por tratarse de un partidario del capitalismo y, por lo tanto, cercano ideológicamente a muchos de los preceptos que dice seguir el presidente.
Cachanosky, además de criticar la política económica que sigue la actual administración nacional, afirmó que Milei está creando “una corriente de fascistas que va a insultar a la gente, un grupo de camisas negras”.
Esta acusación es tremenda y, tristemente, resulta muy fundada. Las llamadas “camisas negras” fueron los brutales grupos de choque en los que se sustentó el dictador italiano Benito Mussolini, pares a los “camisas pardas” que con iguales procedimientos apoyaron al genocida Adolfo Hitler.
¿Cómo actuaban aquellas “camisas”? Repetían a voz en cuello los insultos y las burlas que sus mentores vociferaban en discursos y proclamas desde los púlpitos de sus poderes estatales. Y asaltaban, golpeaban, mataban, ridiculizaban a los que dichos dictadores señalaban como enemigos de sus delirantes ideas.
Que Milei, como se dijo, no tiene límites en su mala educación y prepotencia (condiciones que alimentan a sus seguidores de camisas negras, pardas o violetas), lo reafirman sus recientes gestos de tonto y ridículo desprecio hacia otras autoridades estatales.
Eso se vio al final de la ceremonia religiosa que con motivo de la celebración del Día de la Patria se ofició en la Catedral de la Capital Federal, cuando el presidente ostentosamente le negó el saludo a la vicepresidenta de la Nación y al jefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, las otras dos máximas figuras institucionales presentes en el acto, una por ser la segunda en el mando del Poder Ejecutivo, el otro por ser el gobernador de la ciudad donde ese día se realizaban los actos patrios.
Fue un hecho menor en comparación con los cotidianos desmanes presidenciales, pero no se trató solo de mala educación ni de payasismo presidencial, se trató sí de una muestra más de que Milei hace de sus desprecios una prerrogativa de Estado, que cree que sus delirios pueden tener rango de prerrogativas estatales.
Delirios con los cuales viene manejando su programa económico que está avanzando libremente en el empobrecimiento acelerado de la gran mayoría de los argentinos. Mientras, las camisas negras de Milei avanzan bastones (o motosierras) en mano, gritando “abajo las libertades”.