2026-05-01

El hallazgo de un fósil olvidado 75 años en un museo reveló el secreto de un cazador de 210 millones de años con una mordida brutal, pariente de los cocodrilos

Un fósil guardado durante tres cuartos de siglo en una colección científica acaba de cambiar una parte importante de la prehistoria. El espécimen, excavado en 1948 en Ghost Ranch, Nuevo México, parecía uno más entre tantos restos del Triásico tardío. Sin embargo, una nueva revisión ha demostrado que escondía algo mucho más relevante. El hallazgo, analizado por investigadores de Yale y publicado en Proceedings of the Royal Society B, muestra que algunos parientes tempranos de los cocodrilos ya habían empezado a diferenciarse entre sí mucho antes de lo que se pensaba. Es decir: no todos cazaban igual, no todos ocupaban el mismo nicho ecológico y no todos evolucionaban hacia el mismo modelo corporal. Ghost Ranch es uno de los grandes escenarios fósiles de Norteamérica. De allí han salido restos de reptiles primitivos, dinosaurios tempranos y ecosistemas completos de hace más de 200 millones de años. Pero incluso en lugares tan estudiados todavía aparecen sorpresas. A veces no en el campo, sino en los cajones de un museo. Durante décadas, este ejemplar fue atribuido a Hesperosuchus agilis, un pequeño crocodilomorfo ya conocido por la ciencia. La identificación parecía razonable: tamaño similar, antigüedad comparable y procedencia cercana. Nadie imaginaba que el cráneo escondía diferencias profundas. 

La tecnología encontró lo que el ojo no veía
Para resolver el enigma, el equipo utilizó microtomografía computarizada, una técnica que permite ver el interior de la roca sin dañar el fósil. Miles de imágenes digitales ayudaron a separar huesos aplastados, reconstruir partes ocultas y obtener un modelo tridimensional del cráneo. Ese análisis reveló una anatomía inesperada. Frente a los hocicos largos y ligeros habituales en muchos parientes tempranos de los cocodrilos, este animal presentaba una cara corta, compacta y reforzada. También aparecían zonas del cráneo preparadas para soportar tensiones elevadas. Los investigadores estudiaron además cómo respondían esos huesos a fuerzas de flexión. Los resultados indicaron que el hocico resistía mejor que el de otros crocodylomorfos comparables. Todo apuntaba a una mecánica de mordida especialmente potente.

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