2026-09-15

Señor diputado Diego Hartfield

Le escribo desde la canchita del barrio Parque Schwelm de Eldorado, donde nos juntamos los pibes. Me llamo Mateo, tengo quince años y corro. Bueno, en realidad entreno para correr, porque para competir en los torneos de acá, los provinciales y más aún los nacionales, hace falta una plata que en mi casa no hay.

Ayer, el profe de Educación Física nos mostró en el celular el video de lo que pasó en el Congreso. Vi cuando usted miró a los ojos a los presidentes de los clubes de barrio y les dijo que “no se puede vivir de subsidios”.

Vi cómo se levantó de su cómoda silla y se fue cuando le recordaron que usted, a mi misma edad, comía, dormía y entrenaba gracias a una beca del Estado en el CeNARD.

Dicen los chicos más grandes que usted después de jugar al tenis se llenó de plata en la Bolsa de Comercio, comprando y vendiendo cosas que no se ven, y que ahora cobra un sueldo millonario como diputado. Yo de finanzas no entiendo nada, señor.

Lo único que sé de números es cuánto cuestan los boletos de colectivo para llegar y volver del Polideportivo del km 9. Y a veces vuelvo caminando porque no me alcanza; y ni hablar de los meses que tengo que estirar con las mismas zapatillas.

Hoy vine a entrenar descalzo. No es por orgullo, ni por una promesa. Es porque la suela de la zapa derecha se despegó del todo el martes y mi mamá me pidió que las deje en la zapatería del barrio a ver si el viejo zapatero todavía las puede coser.

Mientras corría sobre la tierra fría de la pista, me acordé de usted. Pensé en sus años viviendo gratis en Buenos Aires, pagados por la gente. Pensé en la suerte que tuvo de que el Estado no le soltara la mano a los dieciséis años, permitiéndole llegar a Roland Garros y jugar contra Federer.

Usted en el CeNARD habrá tenido nutricionistas, médicos y comidas adecuadas para que sus músculos rindieran al máximo. Sabrá lo que es alimentarse como un deportista de verdad.

Acá la realidad es otra, señor diputado. En mi casa comemos reviro casi todos los días. Harina, grasa y agua. Eso es lo que hay en la mesa cuando el bolsillo no da para más. Yo le pongo todas las ganas del mundo, me levanto temprano, lloro de la frustración, pero sigo corriendo; a pesar que a veces por más voluntad que uno tenga, el cuerpo simplemente no da.

Con el estómago lleno de masa frita no se puede picar en velocidad; las piernas pesan como si fueran de plomo y el mareo te gana antes de llegar a la meta. La situación en casa está peor que nunca; a mi papá -que tarefea, ya no le alcanza con los 20 mil pesos míseros que le pagan por día por culpa de la política yerbatera del Gobierno nacional.

La desregulación de la que ustedes tanto hablan hizo que la hoja verde no valga nada y el lomo de mi viejo se rompe en el yerbal por una miseria que no cubre una compra de una bolsa de harina.

Para intentar ayudar a paliar la olla de alguna forma, me puse a vender chipa a la salida de la escuela, pero la gente tampoco tiene un peso en el bolsillo y vuelvo triste con el canasto casi lleno. Usted pudo saltar la soga porque alguien le sostuvo los extremos, le dio de comer y le cuidó la salud. Ahora que llegó arriba, decidió cortar la soga para que nadie más salte.

Si de verdad piensa que la plata del Estado -que lo alimentó a usted- hoy es un pecado para nosotros; si de verdad cree que los clubes donde nos refugiamos de la calle son un gasto innecesario, le hago una propuesta. Devuelva un poquito.

No le pido que le pague la luz a todos los clubes del país, pero devuelva aunque sea una parte de la millonada que ganó, o de lo que cobra ahora en el Congreso para hacer nada o defender un gobierno que le da la espada a la gente.

Compre un par de zapatillas para un club, o a los chicos de nuestro barrio. Tráiganos algo de comida que nos dé las proteínas que el reviro nos mezquina.  

No nos deje a oscuras. Nosotros no queremos vivir de arriba, señor Hartfield. Queremos lo mismo que tuvo usted: una oportunidad de correr el partido, aunque lo empecemos perdiendo, con el estómago vacío y con las manos gastadas de amasar y carpir, y aunque yo siga descalzo, otros chicos puedan seguir…

Atentamente, Mateo. Eldorado, Misiones  https://www.facebook.com/share/1JYFZoUu29/
Carta del lector

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