REALIDAD NOS LLEVA AL BORDE DEL DESASTRE

A las órdenes de Lord Strangford

Lord Strangford
Lord Strangford
jueves 18 de mayo de 2023

La diplomacia británica tuvo en el Río de la Plata una presencia permanente. Dos años antes de las invasiones inglesas, un agente de apellido Burke se instaló en Buenos Aires y organizó la primera logia masónica. Cuando invadieron los ingleses en 1806, ya tenían colaboradores y auxiliares al estilo de una cabeza de playa.

El partido carlotista, creado a iniciativas de la diplomacia británica, existió en Buenos Aires hasta que el pacto Apodaca Canning le dio a Inglaterra todos los beneficios comerciales que pretendían conseguir a través de  la existencia de este exótico partido que  pasó al baúl de los recuerdos.

La infanta Carlota como Milei fue un invento hecho en el extranjero que cada uno usó de acuerdo a su conveniencia

Los carlotistas versus los juntistas… los unos y los otros

Los principales miembros del partido carlotista eran: Manuel Belgrano, abogado, secretario del Consulado de Comercio que era el de mayor edad y el iniciador del grupo; Juan José Castelli, primo del anterior y también abogado, que reemplazaba periódicamente a Belgrano en la Secretaría del Consulado; Hipólito Vieytes, comerciante y fabricante de jabones y velas; Nicolás Rodríguez Peña, abogado y empresario, socio del anterior, hermano de Saturnino Rodríguez Peña, que había colaborado con los invasores durante las Invasiones Inglesas; Antonio Luis Beruti, abogado y después militar y Miguel Mariano de Villegas, jurisconsulto de la Real Audiencia de Buenos Aires. No pertenecían al grupo, sin embargo, otros dirigentes que se comunicaron con la Infanta para no cerrar las puertas a ninguna posibilidad. Antes que nadie, Cornelio Saavedra, coronel del Regimiento de Patricios, el más importante de la ciudad, que negó categóricamente su participación, y la volvería a negar enfáticamente en sus Memorias, pero que escribió a la Infanta poniéndose a su disposición. Desde entonces, y hasta la Revolución de Mayo, se establecerían dos partidos políticos activos, y con ideas claras y en desarrollo: los carlotistas y los juntistas. Otros personajes importantes de Buenos Aires, no vinculados con los juntistas ni con los carlotistas, se identificaron como grupo político alrededor del militarmente poderoso Saavedra. La participación de éste en la represión de la asonada de Álzaga, en enero de 1809, le permitió disolver los cuerpos militares que no eran afectos a su grupo (principalmente los formados por españoles europeos) y ganar posiciones en una escalada por el poder. Llegaría a conformar un tercer partido político, con algunas ideas vagamente independentistas. No obstante, no estaba organizado como partido, no tenía ideas políticas claras ni estructura política alguna. Pero tenía el símbolo más destacado de poder: el poder militar. Por cierto, existían algunos partidarios de la Infanta, en otros lugares, pero sólo en Buenos Aires llegaron a ser un partido con objetivos y alguna posibilidad de accionar políticamente. Entre los partidarios abiertos u ocultos de la princesa aparecieron también ciertos personajes del interior del Virreinato: el Deán Gregorio Funes y su hermano Ambrosio, Juan Andrés de Pueyrredón y algunos otros. En el vecino Virreinato del Perú, los partidarios de Carlota Joaquina fueron casi inexistentes, excepto en Arequipa, ciudad de la que era oriundo José Manuel de Goyeneche, y en la que tenía muchos corresponsales.El 15 de noviembre de 1808, Felipe Contucci envió una nota a Souza Coutinho (Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno portugués-brasileño de Río de Janeiro), que incluía una lista de los personajes que él consideraba partidarios del carlotismo; en total eran 124 nombres: figuraban el Deán Funes, los coroneles Saavedra y Miguel de Azcuénaga, los sacerdotes Julián Segundo de Agüero, Cayetano Rodríguez y Juan Nepomuceno Solá, los abogados Juan José Paso y Feliciano Chiclana; además de los carlotistas más reconocidos. De todos ellos, solamente Funes (que abandonaría posteriormente el partido) y Paso, que se incorporaría tardíamente al mismo, pueden ser identificados con el carlotismo. En realidad, es seguro que Contucci había agregado nombres para aumentar la lista, o al menos se trataba de una lista de las personas a las que él había enviado la correspondencia de Carlota, le hubieran respondido favorablemente o no. En efecto, la lista incluía al menos dos personas ya fallecidas, ambas del Alto Perú. Carlota envió sus mensajes a personajes principales de todo el Imperio español, especialmente: a Quito, La Habana, Caracas, Valparaíso y Ciudad de México. El ayuntamiento de Quito recibió pliegos tanto de Carlota como de Pedro Carlos de Borbón. El 22 de febrero de 1809 se resolvió que el procurador general les diera respuesta. Aparentemente, no fructificó el establecimiento de un partido carlotista en el Reino de Quito. En Valparaíso tuvo menos partidarios que detractores y se conformó un partido anti-carlotista, dirigido por José Antonio Ovalle y Bernardo Vera y Pintado. En el Virreinato de Nueva España —actual México— se planteó seriamente la candidatura a la regencia de Pedro Carlos de Borbón, y las cartas de Carlota movilizaron esta candidatura, no la suya; es que en Nueva España se desconocía por completo la anulación de la Ley Sálica (que excluía a las mujeres de la corona y el trono). Por último, Carlota también intentó convencer de su proyectada regencia a los personajes centrales de la resistencia en la España europea, como los generales Francisco Javier Castaños y José de Palafox y Melci, o los exministros Gaspar Melchor de Jovellanos y el Conde de Floridablanca. Sólo este último llegó a considerar la candidatura de Carlota con seriedad, y cuando fue presidente de la Junta de Murcia, lanzó un manifiesto apoyándola: “que Su Majestad no podía variar el establecimiento español, cuya observancia había jurado guardar; y, por consecuencia, la Señora Carlota Princesa del Brasil debía ser admitida a la Corona a falta de sus hermanos varones”.


Los embajadores de Carlota… flojitos de papeles

Además de Guezzi, el mensajero de la Infanta, otro personaje muy particular sirvió de nexo con la Princesa hispano-portuguesa. Felipe da Silva Telles Contucci, oriundo de Florencia, Italia, de padre portugués, y afincado como comerciante desde tiempo atrás en Buenos Aires, fue el encargado de llevar el mensaje de los carlotistas a la Infanta, y medió en posteriores mensajes cruzados entre Carlota y sus partidarios, tratando de limar algunas asperezas. El secretario de Carlota, el español José Presas, era el encargado de traducir del portugués al español, y del español al portugués, todos los mensajes. También tuvo un papel importante, alejando de los proyectos carlotistas a Souza Coutinho, quien pretendía favorecer los planes expansionistas de la Corte. El más importante –a largo plazo– de los mensajeros de la Infanta, fue un oficial recién llegado de España, José Manuel de Goyeneche. El historiador Ramón Muñoz en su obra “La guerra de los 15 años en el Alto Perú”, acusó a éste de haber sido partidario de Napoleón, haberse pasado al juntismo y que más tarde sería absolutista; pero que, por el momento, decidió unirse a los planes de Carlota. Aclarando que lo hacía meramente a título de mensajero, Goyeneche llevó un nuevo mensaje a los partidarios de la Infanta en Buenos Aires. Según el mismo Ramón Muñoz en la obra citada, estando en Montevideo decidió jugar alternativamente la carta carlotista y la juntista. Como las autoridades de Buenos Aires rechazaban de plano las pretensiones de la princesa de Portugal, no sacó a relucir la carta de Carlota. Sin embargo, de acuerdo a documentos custodiados en el Archivo Histórico Nacional y en el Archivo General de Indias, Goyeneche mantuvo siempre informada a la Junta Suprema de Sevilla de todos los pliegos y cartas intercambiadas con la Infanta. Estos mismos documentos ponen en duda su complicidad con los invasores franceses. La respuesta de Carlota Joaquina fue redactada por Saturnino Rodríguez Peña y partió hacia Buenos Aires llevada por el médico británico Diego Paroissien. No obstante, éste no logró llegar a destino, ya que fue arrestado por Elío y sus papeles confiscados. Sometido a juicio y defendido por Castelli, fue liberado condicionalmente poco antes de la Revolución de Mayo. Después de ésta, el juicio fue sencillamente abandonado. Otro de los mensajeros entre la Infanta y el grupo carlotista fue Juan Martín de Pueyrredón, quien tenía participación en otras intrigas políticas. Fue arrestado, huyó y regresó a Buenos Aires, pero no llegó a tomar contacto con el grupo de Belgrano hasta muy poco antes de la Revolución.


Intromisión de Strangford… el titiritero 

Lord Strangford fue durante años embajador de Gran Bretaña ante la corte portuguesa.

Lord Strangford, gestor del traslado al Brasil de la corte, viajó a Río de Janeiro recién a mediados de 1808. Inicialmente, apoyó los planes de Souza Coutinho y de Sidney Smith, con la única condición de que se quitara del medio a Pedro Carlos, un candidato títere. Pero cuando le llegaron las noticias de la alianza de Gran Bretaña con España, recibió instrucciones de frenar el movimiento juntista, ya que la intención de Gran Bretaña era avanzar sobre los mercados de la América Española, pero sin alterar las estructuras políticas. El objetivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Foreign Office era reemplazar las juntas peninsulares por un Consejo de Regencia, controlado por los británicos, hasta el regreso de Fernando. Desde ese punto de vista, también el carlotismo era una amenaza a sus planes, ya que ponía en duda la autoridad de Fernando VII, que era el rey que reconocían tanto las juntas como Gran Bretaña. Por otro lado, se desconocían los derechos de Fernando VII a favor de su padre; si la diplomacia británica aceptaba eso, se ponía en contra de todas las juntas españolas, incluida la Junta Central. Por otro lado, a Gran Bretaña no le convenía una unificación de España y Portugal. El anuncio de Carlota, en el sentido de que “…he creído conveniente (aunque a V. M. le parezca extemporáneo) hacer notar a V. M. mis intenciones en caso de que se verifique mi ascenso al trono de España, a saber: que yo quiero que se mantenga absolutamente independiente en la misma forma y manera que se ha mantenido el Reino de Nápoles por el Tratado de Utrecht, evitando así la reunión de dos coronas en una misma cabeza, guardando un equilibrio perfecto, buscando que las dos naciones gocen de sus derechos, costumbres, leyes y lenguaje, ya que esto sería impracticable y hasta ilusorio bajo cualquier otro sistema”, estaba claro que ambos reinos tendrían un mismo heredero. Strangford anunció a Souza Coutinho y a la princesa que Gran Bretaña se oponía al proyecto carlotista por lo que debió confrontar abiertamente con Sidney Smith, en varias ocasiones con inusitada violencia verbal. Carlota estaba ansiosa de trasladarse al Río de la Plata, y ofreció a su marido un tratado por el que entregaba a Portugal la Banda Oriental, que este rechazó, con apoyo de Strangford. En respuesta, el almirante encargó a Saturnino Rodríguez Peña un nuevo mensaje a los carlotistas del Río de la Plata. En este, Rodríguez Peña avanzaba en sus pretensiones mucho más de lo que hubiera deseado Carlota Joaquina, tras ponderar la capacidad y dignidad de la Infanta, agregaba que: “convocado Cortes, será muy conveniente para este caso acordar todas las ambiciones y circunstancias que tengan o puedan tener relación, en la feliz independencia de la Patria y con la dinastía que se establezca en la heredera de la inmortal María Isabel. ...aunque debemos afianzarnos, y sostener como un indudable principio, que toda autoridad es del pueblo, y que éste sólo puede delegarlo”. Semejante lenguaje era marcadamente liberal y no podía gustar a una sincera absolutista como Carlota Joaquina, que — por insinuación de Presas — denunció a su propio enviado, Diego Paroissien. Este fue arrestado en Montevideo y sometido a juicio. Durante el mismo, su defensor, Juan José Castelli, sostuvo distintos significados alternativos para la palabra “independencia”, sugiriendo que se pretendía defender la independencia de España frente a Francia, pero sin afirmarlo categóricamente. Por supuesto, la carta de la Princesa, firmada el 4 de octubre, nunca llegó a destino. En su denuncia al virrey Liniers, aseguraba Carlota que Paroissien: “lleva cartas para varios individuos de esa Capital, llenas de principios revolucionarios y subversivos del presente orden monárquico, tendientes al establecimiento de una imaginaria y soñada República, la que tiempo hace está proyectada por una porción de hombres miserables y de pérfidas intenciones”. Al parecer, la Infanta había logrado formar irónicamente un grupo de partidarios entre personajes con ideas contrapuestas con las suyas. Según Strangford, este episodio brindó la oportunidad a la Princesa de aparecer haciendo un buen papel ante las autoridades virreinales.


Decadencia del carlotismo… cuesta abajo

A fines de septiembre, Goyeneche llegaba a Chuquisaca, donde se presentó como representante de Carlota Joaquina, e intentó crear allí un partido carlotista. Fracasó por completo, por la resistencia de casi todas las autoridades. La Real Audiencia y la Universidad rechazaron tanto las pretensiones de Carlota, como la intención de las Juntas españolas de gobernar las posesiones americanas. El 11 de noviembre, en una reunión con todas las autoridades, su mandato fue rechazado por completo, en medio de un escándalo que terminó a golpes. Cuando la ciudad se enteró de que Goyeneche estaba intentando algo que podría llegar a terminar en el traspaso del Virreinato a Portugal, estalló una serie de rebeliones que terminaría en la Revolución de Chuquisaca, que fue – en más de un sentido – el primer paso hacia la independencia de América española. Goyeneche huyó a Lima, donde recuperó la prudencia perdida y se puso a órdenes del absolutista virrey José Fernando de Abascal y Sousa, quien ya había rechazado tajantemente las pretensiones que Carlota Joaquina le había enviado por escrito en 1808, siendo que en esa misma fecha Abascal había reconocido como rey de España a Fernando VII. Goyeneche no volvería a acordarse del manifiesto de la Infanta. Todo este conflicto causó un gran daño a las ya de por sí exiguas posibilidades del carlotismo en el interior del Virreinato del Río de la Plata. El 20 de noviembre, llegó a Río de Janeiro la fragata Prueba, que llevaba a bordo al general Pascual Ruiz Huidobro, nombrado virrey del Río de la Plata por la Junta de Galicia. De más está decir que esa junta no tenía autoridad para nombrar un virrey en América, pero en el caos que era España, no parecía tan absurdo. De todos modos, Ruiz Huidobro nunca intentó hacer uso de su nombramiento. El secretario Presas aconsejaba a Carlota que “… haga el mayor empeño en que este marino no continúe su viaje, y antes al contrario, que se le proporcione buque para que, encargado con una aparente comisión de V.A, regrese a España, para evitar de este modo los males que don Pascual Ruiz Huidobro va a causar a la tranquilidad pública, y aún a la seguridad de las provincias del Río de la Plata”. Estando la fragata en el puerto, la Infanta exigió que la esperara, ya que pensaba huir a bordo de la misma hacia Buenos Aires. El capitán del buque huyó de inmediato, aunque curiosamente varó a la salida de la Bahía de Guanabara. Consiguió seguir viaje gracias al apoyo de buques de guerra británicos y portugueses, lo que pone de manifiesto las intrigas enfrentadas. Pocos días después, el príncipe Juan prohibió a Carlota partir hacia Buenos Aires, alegando que le sería imposible tolerar la vida sin su amada esposa. Cabe aclarar que, vivían separados hacía años desde que vivían en Lisboa, y ya ni siquiera participaban juntos en actos oficiales; de hecho, los cónyuges no se hablaban.


Julio de 1809: la última oportunidad

Durante muchos meses más, Carlota Joaquina intentó varias opciones para trasladarse a Buenos Aires, que fracasaron una tras otra. El partido carlotista siguió existiendo, ajeno a las posibilidades reales de coronar a la princesa.

A mediados de 1809, la Infanta lanzó una segunda serie de proclamas; esta vez tuvo alguna posibilidad de éxito. Es que había llegado al Río de la Plata un virrey nombrado por la Junta Suprema Central en reemplazo de Liniers: Baltasar Hidalgo de Cisneros. Los carlotistas intentaron que este no fuera reconocido, y contactaron en ese sentido a los jefes militares de Buenos Aires de rechazar su autoridad. Saavedra escribió una carta a la Infanta, “suplicándole se digne mandar impartirme las órdenes que fuesen de su real agrado”. No obstante, estaba claro que Saavedra no creía en las posibilidades de Carlota. En sus Memorias, escribiría años más tarde que: “pasado el tiempo, y viendo que la Señora Infanta no realizaba sus promesas de venir a Buenos Aires como lo había prometido, que Cisneros ya estaba en Montevideo y llano su recibimiento al mando superior de estas Provincias, y expuesto a ser sacrificados nosotros por él, como se nos amenazaba descaradamente por… los europeos del 1 de enero, empezó a resfriarse la opinión y, de grado en grado, cayó hasta el extremo de olvidarse”. Fue en ese momento que se produjo la huida de Pueyrredón, quien fue enviado como emisario ante la Infanta, llevando una carta de Belgrano para ella –fechada el 9 de agosto– en la que pedía su inmediata partida hacia el Río de la Plata. Incluso se permitía aconsejar a la esposa del príncipe regente cómo unir a éste a su causa. Pero de hecho, ya era tarde. Todos confiaron en que Liniers haría honor a su origen popular, pero este ofreció entregar el poder a Cisneros. Incluso se adelantó a entregarle las insignias en Colonia. Saavedra, falto de apoyo de su superior, e influenciado por el coronel Pedro Andrés García, su amigo, prefirió esperar una oportunidad más clara de modificar la situación política a favor de la independencia. Poco después, con el traslado del almirante Sidney Smith a Gran Bretaña, por pedido de Strangford, las posibilidades de la Infanta-Princesa de obtener apoyo británico para sus planes se vieron definitivamente obstruidas. Pueyrredón se entrevistó con Strangford, y no llegó a entregar la correspondencia a Carlota Joaquina; y, teniendo en cuenta que –para ese momento– Cisneros ya había asumido el mando, ni siquiera intentó hacerlo. Por lo que Saavedra se lamentó por el esfuerzo en su favor en una carta a la Infanta el 17 de julio: “Señora nada he hecho que no sea conforme a los sentimientos de amor y fidelidad que profeso a mi Augusto Soberano y a su Real familia, y que siguiendo el ejemplo de mis mayores conservaré eternamente”. Tardíamente, algunos personajes enviaron sus apoyos a la Infanta: tal fue el caso del obispo de Salta, Nicolás Videla del Pino y del Deán Funes, en carta del 3 de agosto. Aún en noviembre, se halló un papel en poder de un fraile de Montevideo, con propuestas carlotistas. Contucci continuó informando a la Princesa desde Buenos Aires hasta fines de año, pero también se fue desanimando. Antes de que terminara el año, Contucci y Guezzi debieron huir para no caer presos. El partido carlotista siguió existiendo en Buenos Aires, pero ya no soñaba con la llegada de la Infanta. El Deán Funes siguió escribiéndole, hasta fecha tan tardía como el 15 de febrero de 1810, y en ese mismo mes escribía a un sobrino que: “no hay remedio. La España debe perderse irremediablemente, y dentro de muy poco tiempo será indispensable deliberar sobre nuestra suerte”.


La Revolución de Mayo

La oportunidad tan esperada para la independencia llegó en mayo de 1810, con la noticia de la disolución de la Junta Central y la caída de casi toda España en manos de Napoleón. Semejante noticia causó el inicio de la Revolución de Mayo, que llevaría a la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la mayor parte de las cuales formarían posteriormente la República Argentina. El partido carlotista jugó un papel muy activo en la Revolución, y aportó no solamente tres de los miembros de la Primera Junta de Gobierno, sino también una parte importante de los cuadros revolucionarios. Aportó, también, mucha de su ideología. Belgrano, Castelli, Paso, French, Beruti y Vieytes formaron un formidable frente político, que se mantuvo muchos meses después de la Revolución, pero con el notable cambio de que debieron ceder el liderazgo a un juntista, Mariano Moreno. Como partido carlotista, en cambio, no volvieron a figurar en la historia. En cuanto a Carlota Joaquina, jugó papeles muy secundarios en la política de la década de 1810, aún cuando el príncipe regente (que asumió en esos años el trono como Juan VI de Portugal) lanzó dos invasiones a la Banda Oriental. La segunda de estas invasiones fue completamente exitosa. A fines de 1810, la Princesa y sus diplomáticos enviaron una nueva andanada de mensajes y manifiestos al Río de la Plata, pero fueron prácticamente desechados. No obstante, en esta etapa, Martín de Álzaga (que estaba buscando alguna forma de recuperar poder político para los españoles) consideró durante algún tiempo la posibilidad de contar con la candidatura de Carlota Joaquina. Tras la caída del sector morenista en la Junta Grande, la oposición hizo circular panfletos y un periódico —de un par de hojas— escrito a mano, en el que se afirmaba que Saavedra era carlotista y pensaba entregar la revolución a manos del Brasil. Esto tenía alguna verosimilitud en razón de que en esa época llegaban periódicamente a Buenos Aires enviados de Elío, nombrado virrey y residente en Montevideo, quien estaba en contacto con Carlota. Además, en el Norte, Goyeneche lideraba las tropas realistas; que ya había cambiado de bando, pero visto desde la capital, seguía siendo sospechoso de simpatizar con la princesa. Esos panfletos parecen ser la razón de que Saavedra negara tan enfáticamente su contacto con la princesa en sus Memorias.


Últimas apariciones del carlotismo

Durante los años siguientes, pareció que el carlotismo estaba definitivamente abandonado; la tendencia predominante en el Río de la Plata era algún tipo de república, y la monarquía parecía un sistema de gobierno detestado por todos. No obstante, a partir de 1816, como consecuencia de la restauración absolutista en Europa, reaparecieron los proyectos monárquicos en las Provincias Unidas. Incluso el propio Manuel Belgrano volvió a ser el adalid del monarquismo rioplatense. Pero esta vez, la candidatura de Carlota Joaquina parecía abandonada por completo. Sólo colateralmente fue tenida en cuenta, cuando se propuso casar a alguno de los nuevos candidatos al título de Rey del Río de la Plata con alguna joven de la Casa de Braganza para emparentar al proyectado monarca con la familia real portuguesa. Carlota Joaquina pasaba –en esos proyectos– de candidata al trono a ser candidata a suegra real. En 1818, el coronel Manuel Vicente Pagola (que nada había tenido que ver en la formación del carlotismo) escribió un artículo en un periódico de Baltimore, en los Estados Unidos, donde estaba expatriado por orden de Juan Martín de Pueyrredón. En ese artículo, Pagola amenazaba con apoyar las pretensiones de Carlota Joaquina al trono, como candidatura alternativa a las de los varios príncipes que fueron propuestos en esos años para acceder como rey en el Río de la Plata. Fue la última vez que la candidatura de Carlota Joaquina fue mencionada. En 1823, Pedro José Agrelo hacía en el periódico El Centinela una curiosa remembranza de las posibilidades de Carlota Joaquina, “… en quien se pensó, tan de veras, como todos saben… y a quienes hicieron entrar en correspondencia hasta con los últimos menestrales de las provincias para hacerla querida, popular y aceptable. Ella reinó al modo de Luis XVIII desde que vino al Brasil hasta el 25 de mayo de 1810, en que ciertos demagogos ridiculizaron y destruyeron el plan, sin que por eso se abandonara enteramente… Siguió el interregno anárquico de la Primera Junta, se vulcanizaron las cabezas… y volvió por segunda vez con más fuerzas la misma señora Carlota, mandándose al efecto las comunicaciones y parlamentos por medio de su confidente Contucci… Con este motivo reinó hasta… el año 12, o más bien hasta que se colgaron aquí algunos españoles”. El proyecto había fracasado principalmente por la injerencia británica, a cuyos intereses políticos y comerciales convenía el mantenimiento del statu quo, ya que el tratado Apodaca-Canning otorgaba a Gran Bretaña facilidades en el comercio con América española a cambio de la alianza con España en Europa. Mantener el statu quo era lo más conveniente para los factores de poder en juego; Gran Bretaña no deseaba que una princesa española en un hipotético reino rioplatense anulara las ventajas comerciales que ya disfrutaba o que intentase buscar ayuda de Fernando VII para reconstruir el imperio colonial español en Sudamérica, además se deseaba evitar un pleito entre Portugal (y luego, Brasil) y España por este motivo, lo cual arruinaría el comercio británico en el Atlántico sudamericano. El carlotismo, si es que alguna vez tuvo posibilidades de lograr éxito, rápidamente había devenido  en una quimera.



El carlotismo, si es que alguna vez tuvo posibilidades de lograr éxito, rápidamente había devenido en una quimera.