LA POLÍTICA ARRANCA EN MISIONES

La Patria jugó de local

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jueves 06 de julio de 2023

En otras entregas, nos hemos referido a las invasiones inglesas; pero conmemorar el triunfo de las armas de la Patria empuñadas por un pueblo decidido y orgulloso es una experiencia que nos sirve para tomar conciencia de nuestra identidad y nuestra fortaleza. De estas luchas, surgieron los conductores y dirigentes del proceso emancipador y fueron los inspiradores de nuestra independencia, conscientes que; si habían podido derrotar al ejército más poderoso del mundo, podían hacer de estas tierras una Nación libre y soberana. Gloria al pueblo de Buenos Aires, a los héroes de la Vuelta de Obligado, y a los combatientes de Malvinas que se enfrentaron a un Imperio pirata, desalmado y usurero


Destitución de Sobremonte y fuga de Beresford

El 5 de febrero de 1807, llegó a Buenos Aires la noticia de la caída de Montevideo. Al conocerse la actuación del virrey se avivaron las protestas. El día 10, por disposición de la Audiencia, Liniers convocó a una Junta de Guerra citando a miembros de la Real Audiencia, Tribunal de Cuentas, Real Consulado, Obispo, Cabildo, comandantes de los cuerpos militares y algunos vecinos. La votación fue nominal y fundamentada y el resultado fue la suspensión del virrey Sobremonte en sus cargos de virrey, gobernador y capitán general. Conforme a las leyes, el mando recayó en la Real Audiencia hasta nueva resolución del rey.

Asimismo, después de varios reclamos, Liniers ordenó la internación de Beresford, (quien se encontraba preso en Luján), a Catamarca, ya que este mantenía contacto con diferentes miembros de la élite de Buenos Aires. Sin embargo, los guardias que trasladaban a Beresford fueron interceptados en las cercanías de Arrecifes, por Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla, quienes lograron que el jefe inglés les fuera entregado. Rodríguez Peña era secretario de Liniers. En esta operación participó también Francisco González, celador del Cabildo, en cuya casa mantuvieron oculto al general inglés, hasta que fue clandestinamente embarcado en el puerto de Buenos Aires, en un lanchón, pagando a los marineros para que lo llevaran a Ensenada, donde se embarcó en la corbeta HMS Charwell rumbo a Colonia. En Montevideo, Beresford intentó convencer a Auchmuty de no atacar Buenos Aires y llegar a un acuerdo. Al no lograrlo, Beresford rechazó la oferta de comandar la expedición a la capital virreinal y se embarcó hacia Londres. Ese mismo año, Beresford ocuparía la isla Madeira, de la cual sería nombrado gobernador; más adelante tendría un papel prominente en la Guerra de la Independencia Española. Tanto Saturnino Rodríguez Peña como Manuel Antonio Padilla recibieron una pensión británica, por sus servicios. Beresford, en agradecimiento, le obsequió a Castelli un juego de mesa de loza del Cabo.


El avance inglés

En los primeros días del mes de marzo, el HMS Thisbe partió de Inglaterra hacia Montevideo con el teniente general John Whitelocke, nombrado comandante de las fuerzas británicas en el Río de la Plata, con la orden del Gobierno británico de capturar Buenos Aires.

Whitelocke llegó a Montevideo el 10 de mayo y tomó el comando general. Poco tiempo después, la flota al mando del general Robert Craufurd llegó desde El Cabo con 5.000 hombres. El 17 de junio el formidable ejército de Whitelocke, compuesto de unos 10.000 hombres, partió rumbo a Colonia. El 28 de junio, los británicos desembarcaron en Ensenada; en su avance derrotaron a una fuerza local, muy inferior en número. Tras cruzar el Riachuelo, aguas arriba de la posición elegida por Liniers (a orillas del Riachuelo, dando espaldas al mismo) sitiaron la capital el 4 de julio.

Mientras tanto, había llegado al virreinato la resolución de la corte española declarando a Ruiz Huidobro: virrey interino. Sin embargo, el gobernador había sido embarcado hacia Londres luego de la caída de Montevideo. Por lo tanto, Liniers, siendo el militar de mayor rango presente, fue nombrado en reemplazo de Huidobro por la Audiencia.

El Ejército británico avanzó con dificultades los cincuenta kilómetros que separaban el lugar escogido para el desembarco y la capital. El ejército del flamante virrey interceptó el primer avance del enemigo, cerca de Miserere, pero la brigada de la vanguardia comandada por Craufurd logró dividir y hacer retroceder a los hombres de Liniers, en el breve combate de Miserere. Al caer la noche, la lucha cesó y muchos milicianos se retiraron a sus casas.

Parecía que todo estaba perdido para los defensores, pero Whitelocke decidió esperar. Suspendió el avance de Craufurd hacia la ciudad y exigió rendición inmediata, aunque dio a los porteños tres días de plazo, que los criollos utilizaron para organizarse militarmente.


Asalto y defensa de Buenos Aires

El alcalde de Buenos Aires, Martín de Álzaga, ordenó montar barricadas, pozos y trincheras en las diferentes calles de la ciudad por las que el enemigo podría ingresar. Reunió todo tipo de armamento y continuó los trabajos en las calles bajo la luz de miles de velas.

En la mañana del 5 de julio, la totalidad del Ejército británico volvió a reunirse en Miserere. Confiado de la supremacía de su ejército, Whitelocke dio la orden de ingresar a la ciudad en 12 columnas, que se dirigirían separadamente hacia el Fuerte y el Retiro por distintas calles. En un alarde innecesario, llevaban orden de “no disparar sus armas hasta llegar a la Plaza de la Victoria”.

Sin embargo, los invasores se enfrentaban a una Buenos Aires muy diferente a la que se había rendido ante Beresford. Según cuenta el general inglés G. E. Miles, los vecinos en la calle San Pedro arrojaron sobre las cabezas de los famosos “casacas rojas” del Regimiento de Infantería N°88, piedras y líquidos hirviendo, los que serían según algunos autores agua, o más frecuentemente se menciona aceite, o grasa vacuna derretida, la cual era muy económica, y estaba disponible para freír alimento en todas las casas. Liniers y Álzaga habían logrado reunir un ejército de 9.000 milicianos, apostados en distintos puntos de la ciudad. El avance de las columnas se vio severamente entorpecido por las defensas montadas, el fuego permanente desde el interior de las casas y desinteligencias y malentendidos entre los comandantes británicos. Whitelocke vio cómo sus hombres eran embestidos en cada esquina. Mediante la lucha callejera, los vecinos en el centro de Buenos Aires superaron la disciplina de las famosas “casacas rojas”. No obstante, tras una encarnizada lucha, los ingleses se apoderaron de la Residencia y el Retiro, donde fue herido mortalmente el teniente de navío, Cándido de Lasala; pero perdieron también entre muertos y heridos unos 1.070 hombres.

Cuando la mayoría de las columnas habían caído, Liniers exigió la rendición. Craufurd, atrincherado en la iglesia de Santo Domingo, rechazó la oferta y la lucha se extendió hasta pasadas las 15:00. Whitelocke recibió las condiciones de la capitulación hacia las 18:00, de4 ese mismo día.

El 7 de julio, el general inglés comunicó la aceptación de la capitulación propuesta por Liniers y a la cual (por exigencia de Álzaga) se le había añadido un plazo de dos meses para abandonar Montevideo. Las tropas británicas se retiraron de Buenos Aires; abandonarían la Banda Oriental recién el 9 de septiembre.

Las bajas inglesas, según David Marley, siempre correctamente informado en cifras inglesas por haber consultado muy bien sus archivos, fueron 311 muertos, 679 heridos, y 1.808 capturados o desaparecidos.

De regreso al Reino Unido, una corte marcial encontró a Whitelocke culpable de todos los cargos, excepto uno, y fue removido de su función, al declarársele “incapaz de servir a la Corona inglesa”. Uno de los factores determinantes para esta decisión fue el hecho de que el general hubiera aceptado la devolución de Montevideo, dentro de los términos de la rendición.

Los cuerpos de los caídos de ambos bandos durante las invasiones inglesas a Buenos Aires aún no han sido hallados.


Testimonios británicos del combate

Los siguientes son testimonios de los combates sostenidos en las calles de Buenos Aires, realizados por jefes británicos que intervinieron en la lucha.

“Avancé con los rifleros hasta el costado oeste del edificio del Colegio de los Jesuitas, sin sufrir pérdidas considerables, cuando, al adelantar el cañón liviano para abrir una brecha en la entrada principal del edificio, el enemigo apareció de repente en gran número en algunas ventanas, en la azotea de aquel edificio y desde las barracas del lado opuesto de la calle y desde el extremo de la misma. En un momento, la totalidad de la compañía de vanguardia de mi columna y algunos artilleros y caballos fueron muertos o heridos...”. Teniente coronel Henry Cadogan.

“Antes de que me hubiese escasamente aproximado a la iglesia de San Francisco, ya había perdido bajo el fuego de un enemigo invisible, y ciertamente inatacable para nosotros, los oficiales y la casi totalidad de los hombres que componían la fracción de vanguardia, formada por voluntarios de distintas compañías, los oficiales y casi la mitad de la compañía siguiente, y así en proporción en las otras compañías que componían mi columna..”. Teniente coronel Dennis Pack

“Ni bien, alcanzamos la entrada de la iglesia de San Miguel, el enemigo comenzó un terrible fuego desde las casas opuestas. Habiendo perdido unos treinta hombres en esta entrada, y comprendiendo que era imposible forzar las puertas de la iglesia con las herramientas que me habían entregado, juzgué prudente desistir y penetrar más en la ciudad esperando encontrar una posición más ventajosa. Al abandonar la entrada de la iglesia, fuimos castigados con un fuego continuado. Después penetré en la ciudad hasta que juzgué que me hallaba cerca de la fortaleza. Viendo que había perdido tanta gente en la calle, que los cuatro oficiales de granaderos estaban heridos, que el mayor, el ayudante y el cirujano auxiliar habían sido muertos, y que había perdido, entre muertos y heridos, de ochenta a cien soldados de mi débil columna, doblé a la izquierda y busqué refugio ocupando tres casas...”. Teniente coronel Alexander Duff.


Edición de The Times sobre las invasiones

Los partes oficiales de la capitulación de Whitelocke en Buenos Aires, dando cuenta del fracaso de la segunda invasión, llegaron a Gran Bretaña el 11 de septiembre de 1807, y fueron dados a publicidad por el diario The Times, de Londres en el artículo “Evacuación de Sudamérica”. Se reproducen aquí algunos párrafos principales: “El ataque sobre Buenos Aires ha fracasado y hace ya tiempo que no queda un solo soldado británico en la parte española de Sudamérica. Los detalles de este desastre, quizás el más grande que ha sufrido este país desde la guerra revolucionaria, fueron publicados ayer en un número extraordinario... El ataque de acuerdo al plan preestablecido, se llevó a cabo el 5 de julio, y los resultados fueron los previsibles. Las columnas se encontraron con una resistencia decidida. En cada calle, desde cada casa, la oposición fue tan resuelta y gallarda como se han dado pocos casos en la historia. La consecuencia fue que el plan de operaciones se frustró. El comandante en jefe parece haber estado en la más perfecta ignorancia tanto acerca de la naturaleza del país que debía atravesar, como sobre el monto y el carácter de la resistencia que debía esperar. Con el propósito, suponemos para evitar un encuentro molesto, de- sembarca a treinta millas del lugar donde debía operar, prosigue su marcha a través de un recorrido lleno de pantanos, cortado por riachuelos y, finalmente, con un ejército jadeante y exhausto se asienta frente a una plaza fortificada enteramente, en la cual según el tenor de su despacho, ‘llovían sobre él metrallas desde todas las esquinas y desde los techos de todas las casas, mosquetazos, granadas de mano, ladrillazos y piedras’. Este ha sido un asunto desgraciado de principio a fin. Los intereses de la nación, así como su prestigio militar, han sido seriamente afectados. El plan original era malo, y mala la ejecución. No hubo nada de honorable o digno de él; nada a la altura de los recursos o el prestigio de la nación. Fue una empresa sucia y sórdida... ¿Cómo podría esperarse que estuvieran con nosotros las manos o los corazones del pueblo, si los primeros que ocuparon la ciudad se mostraron menos ansiosos de conciliarse con los habitantes que de colocar fuera de peligro el botín obtenido? Había un vicio radical en el plan original, que ninguna empresa posterior pudo remediar. Si los desautorizados promotores del primer de- sembarco hubieran dispuesto de una fuerza igual a la que ha sido ahora expulsada de Buenos Aires, el país podría estar en este momento en nuestras manos”. The Times, 14 de septiembre de 1807.


Consecuencias

La derrota de los ejércitos de la corona británica producida en las dos invasiones inglesas tuvo como primera consecuencia que el imperio español retuvo la posesión del Virreinato del Río de la Plata, gracias a la acción del Ejército español formado por grupos de milicias urbanas. La voluntad del pueblo jugó un papel sin precedentes, en la destitución de un virrey y el nombramiento de su sucesor. La participación de los cuerpos militares creados en “la Defensa” y “la Reconquista”, puso en evidencia la ineficacia del sistema defensivo colonial de la metrópoli, pero convirtió a estos eventos en catalizadores del camino hacia la independencia de los territorios sudamericanos bajo dominio español.

El virrey Sobremonte se sometió a un consejo de guerra y fue absuelto de todos los cargos en su contra. Sería recordado por los porteños como un funcionario inepto y cobarde, pero hay otros puntos de vista: tras sus repetidos fracasos en la solicitud de refuerzos a España, la huida a Córdoba con el tesoro puede considerarse una estrategia apropiada, dado que era eso mismo lo que Popham había ido a buscar. Sin embargo, debido a la presión de los representantes del Cabildo, en su mayoría comerciantes acaudalados, Sobremonte se vio forzado a entregar los fondos públicos a Beresford. También pesó en su ánimo el conocimiento de que existían grupos de tendencia independentista en Buenos Aires, por lo que entendía que armar al pueblo para la defensa implicaba la entrega de una importante cuota de poder a los criollos. De regreso a España, el marqués compareció ante un consejo de guerra celebrado en Cádiz en 1813 que lo absolvió de todos los cargos. Además, recibió el pago de sus sueldos atrasados, fue ascendido a mariscal de campo y nombrado consejero de Indias.

Beresford regresó a Inglaterra y fue recibido con toda la pompa. Desembarcó con una carreta colmada de tesoros y la trasladó directo al Banco de Inglaterra entre los vítores del pueblo, las autoridades y los grandes comerciantes. Los caudales entregados forzosamente por parte de Sobremonte, fueron considerados por los ingleses como un pago del Virreinato del Río de la Plata por el derecho de la implementación del libre comercio.

En 1808, las calles de Buenos Aires sufrieron una modificación global de su nomenclatura honrando a quienes se distinguieran en las jornadas de las invasiones inglesas. Esta nomenclatura se mantuvo hasta 1822.

Las invasiones inglesas fueron uno de los antecedentes inmediatos que tuvo la Revolución de Mayo que inició el proceso hacia la Independencia; que se extendió por todo el Virreinato del Río de la Plata a partir de 1810.


Nuevo plan británico para otra invasión a Hispanoamérica

Los comerciantes británicos continuaron desesperados por el bloqueo continental de Bonaparte y aunque el fracaso del ataque de Whitelocke a Buenos Aires desanimó a los dirigentes ingleses, el Gobierno de Londres reanudó la idea de una intervención militar en América. Esta vez planeaba presentarse como libertador y no como conquistador, para así obtener el beneplácito de los criollos.

El general Arthur Wellesley, futuro Duque de Wellington, tomó a su cargo esta nueva acción, asesorado por Francisco de Miranda de regreso en Londres, tras el fracasado intento de liberar Venezuela en 1806 con la cooperación de los Estados Unidos e Inglaterra. Wellesley tuvo la idea de crear en América una monarquía constitucional, con dos cámaras como en Gran Bretaña, donde los integrantes de la Cámara Baja serían elegidos por los cabildos y terratenientes. Las demás instituciones coloniales españolas serían en principio conservadas.

Las tropas destinadas a América se comenzaron a preparar en el puerto irlandés de Cork, a fines de 1807, serían más de 13.000 soldados británicos divididos en tres fuerzas, con diferentes objetivos. El plan consistía en enviar nuevamente al Río de la Plata, con fecha de desembarco, en junio de 1808, una fuerza poderosa y llevar armamento tanto para las tropas británicas como para un ejército criollo que se pensaba constituir al llegar. También se enviaría una expedición militar a México, cuya antesala serían ofensivas contra Pensacola y Nueva Orleans para dominar el valle del río Misisipí. Sin embargo, el principal ejército, unos 10.000 ingleses, iría a Venezuela a apoyar a Miranda que llegaría antes a alzar a los locales. Tras apoderarse de Barbados y Puerto Cabello, atacarían Caracas, luego Guayana, Cumaná y Barinas para terminar conquistando Panamá y Cartagena de Indias.

Con los 20.000 venezolanos que esperaba reclutar Miranda, Wellesley avanzaría contra la Nueva Granada. Una vez conquistadas Nueva Granada y Venezuela se podrían enviar flotas contra Chile y el Río de La Plata. Las operaciones eran increíblemente similares a lo propuesto en A proposal for humbling Spain (en castellano “Una propuesta para humillar a España”), documento anónimo surgido en Londres en 1711, según el cual se debían promover los odios entre americanos y peninsulares para facilitar una invasión inglesa por Venezuela y el Río de la Plata, avanzando sobre Nueva Granada y Chile, y por último sobre el Perú, región que demostraría ser la más pro-realista de todas las Indias españolas. Curiosamente, estos planes terminaron llevados a cabo por José de San Martín y Simón Bolívar con apoyo londinense. Los territorios independizados seguirían conservando su religión católica como la oficial, pero también quedando divididos en cuatro estados basados en los virreinatos: México y América Central, Venezuela, Nueva Granada y Quito, Perú y Chile, y Río de la Plata. Con la división de los territorios dominados por Madrid, Londres esperaba monopolizar el comercio en dichas tierras.

Los intereses comerciales británicos se veían amenazados por el embargo estadounidense a sus productos (causa de la Guerra de 1812) y que España entre 1810 y 1814 no sólo se negó a poner fin a su monopolio comercial en sus colonias, sino que se había recuperado lo suficiente como para reducir considerablemente la influencia de los mercaderes británicos en las Indias. Sin embargo, los desastres del Río de la Plata convencieron a los británicos de desistir en sus sueños de conquistar la América española; desde entonces, actuarían indirectamente, financiando las revoluciones y guerras civiles que fragmentarían el Imperio español. Aprovecharon con ese fin la propaganda hecha durante años entre los criollos por agentes británicos para crear un sentimiento de hostilidad contra la metrópolis por los supuestos abusos que cometía contra ellos.

Finalmente, al producirse el levantamiento del pueblo de Madrid, durante la Guerra de la Independencia Española contra los franceses, el 2 de mayo de 1808, Wellesley ordenó a las tropas en Cork que fueran conducidas a Portugal, con el objetivo de ir a brindar apoyo a la insurrección desembarcando, en ese país, el 1 de agosto de ese año.

De esta manera, se diluyó el nuevo intento de una intervención militar inglesa al Río de la Plata.

La guerra había terminado en el río de la Plata, pero la codicia, la especulación y la cooperación cipaya permanecieron en estas tierras hasta nuestros días.



Segunda invasión inglesa