¡SORTEO! Ganá un iPhone 17

El golpe y el exilio

jueves 14 de septiembre de 2023

La independencia económica, la soberanía política y la justicia social (que hizo realidad el peronismo en su gobierno) resultó imperdonable para nuestra oligarquía y sus aliados extranjeros, quienes, apoyados por los partidos de la oposición, fueron enrareciendo el clima social, alimentando el odio y el resentimiento y echando mano al terror político para deslegitimar al gobierno popular y provocar su caída. Para evitar una guerra civil, Perón terminó renunciando a su cargo de presidente e inició igual que Rosas y San Martín el camino del exilio. El pueblo agradecido resistió a la prepotencia oligarca, desestabilizando uno por uno a los gobiernos que sucedieron al primer peronismo.

Crisis social y conflicto con la Iglesia

Terminada la guerra de Corea, Norteamérica se volvió a ocupar de América Latina y fue haciendo caer los gobiernos populares que habían surgido en la posguerra. Cayó Getulio Vargas en Brasil, fue asesinado Gaitán antes de ser presidente de Colombia, también cayeron los gobiernos de Chile, Bolivia y Guatemala. En Argentina una sequía arruinó las cosechas del año 52 y 53 obligándonos a padecer algunas restricciones por lo que sectores de la clase media pasaron a la oposición. 

El 26 de julio de 1952 murió la primera dama, Eva Perón, lo que produjo una crisis en Perón que empezó a tomar ciertas medidas que deterioraron la relación entre la Iglesia católica y el gobierno peronista; que se fue agravando con el tiempo.

Evita fue designada desde entonces como “jefa espiritual de la Nación”, título honorífico que había recibido días antes. A partir de entonces, cada día al llegar las 20:25 todas las emisoras de radio debieron informar que a esa hora Evita “pasó a la inmortalidad”.

Durante este período, convergió: la irritación de grupos (que hasta entonces habían apoyado al Gobierno) con el de la oposición, que consideraba al peronismo: un tipo de populismo basado en el resentimiento social de las clases populares contra lo que denominaba genéricamente “la oligarquía”, que incluye a la clase media-alta y alta argentina, atribuyéndoles una posición promotora de la desigualdad social.

A fines del año 1954, inició una compleja escalada de enfrentamientos entre el Gobierno y la Iglesia católica, que hasta ese año había apoyado activamente al peronismo. A partir de gestos opositores relativamente modestos, por parte de la jerarquía eclesiástica, el Gobierno reaccionó sancionando la Ley N.º 14.394, cuyo artículo 31 incluye el divorcio. Poco después, la Municipalidad de Buenos Aires, entonces controlada por el presidente de manera directa, prohibió a los comerciantes exponer pesebres u otras figuras religiosas en conmemoración de la Navidad. En una escalada de pocos meses, el Gobierno suprimió el carácter de días no laborables a ciertas festividades religiosas católicas, permitió la apertura de establecimientos para ejercer la prostitución, prohibió las manifestaciones religiosas en los lugares públicos, y expulsó a dos obispos: Manuel Tato y Ramón Novoa, del país.

El derrocamiento (1955)

Desde 1951, sectores cívico-militares antiperonistas habían venido desarrollando actos terroristas a través de los denominados comandos civiles.

El 16 de junio de 1955, los comandos civiles, integrados por conservadores, radicales y socialistas, junto con la Marina de Guerra y sectores de la Iglesia católica intentaron un golpe de Estado que incluyó el Bombardeo de la Plaza de Mayo y el centro de la ciudad de Buenos Aires con más de 364 muertos y centenares de heridos. El ataque se produjo con una veintena de aviones de la Aviación Naval sobre la multitud que se encontraba en una manifestación. Los ataques continuaron hasta las 18:00. El Ejército instaló tanques y baterías antiaéreas para proteger al presidente, por lo que a los insurgentes se les ordenó atacar a los miembros del Ejército y a los civiles que apoyaban a Perón. Finalmente, los atacantes pidieron asilo político en Uruguay.

Luego, Perón pidió calma a la población, en un discurso público por radio, pero se produjo la quema de varias iglesias (atribuidas a los peronistas, a los comunistas y masones); mientras la Policía no actuaba y los Bomberos se limitaban a impedir que el fuego se propagase a los edificios vecinos.

Perón dio entonces por finalizada la llamada revolución peronista, y llamó a los partidos políticos opositores a establecer un proceso de diálogo que evitara la guerra civil. El 15 de julio, Perón en un discurso insistió en el llamado a la pacificación; los partidos políticos opositores volvieron a pedir el uso de la radio y esta vez fue concedido. Por primera vez en diez años, los opositores pudieron utilizar los medios de difusión estatales. En su discurso del 27 de julio de 1955, Arturo Frondizi aceptó la pacificación a cambio de un plan concreto que comprendiera desde el restablecimiento de las garantías constitucionales hasta la industrialización del país. El discurso debió ser entregado previamente y cuando era leído se iba grabando y se transmitía al aire con una demora de 10 segundos, lapso durante el cual un coronel del Servicio de Informaciones controlaba que no se apartara del texto previamente enviado. Los días 9 y 22 de agosto hablaron por radio los dirigentes del Partido Demócrata y del Partido Demócrata Progresista.

La noticia sobre el asesinato del dirigente comunista Ingallinella, tuvo un impacto tremendo y fue difundido en los impresos católicos. Perón sustituyó a Alberto Teisaire como presidente del Partido Peronista por Alejandro Leloir. El 31 de agosto de 1955, Perón dio por concluidas las conversaciones en el célebre discurso del cinco por uno.

Finalmente, el 16 de septiembre de 1955, inició el golpe de Estado que derrocaría: al presidente constitucional, Juan Domingo Perón, al Congreso de la Nación y a los gobernadores provinciales. Inició en Córdoba y fue liderado por el general Eduardo Lonardi; se extendió hasta el 23 de septiembre. El 16 de septiembre de 1955, después de ingresar a la Escuela de Artillería en Córdoba, Lonardi se dirige al dormitorio del jefe de la unidad, y ante un amago de resistencia de este le descerrajó un balazo. La consigna era: hay que ser brutales y proceder con la máxima energía. Una investigación sobre la cantidad de personas muertas en el golpe, documenta al menos 156 víctimas fatales. Ante ello, sectores del peronismo e incluso sectores opositores fueron a reclamar armas para impedir la toma del poder por los militares, pero el presidente se las negó y se exilió temporalmente en Paraguay, delegando el poder, en una Junta Militar que luego se rendiría ante los sublevados.

Exilio 1955 a 1966

Producida la Revolución Libertadora que derrocó a Perón en 1955, el presidente de facto, Eduardo Lonardi, mantuvo la Constitución sin cambios e intentó lograr la “reconciliación nacional”, sin “vencedores ni vencidos”, manteniendo los cambios políticos y sociales que se habían gestado anteriormente. Poco después, fue obligado a renunciar por los sectores más duros del Ejército y la Armada, y asumió el general Pedro Eugenio Aramburu, quien proscribió al peronismo y al propio Perón, cuya sola mención era considerada delito. La proscripción del peronismo se prolongaría (con cortas excepciones, que nunca incluyeron permitir la actuación de Perón) hasta principios de los años 1970.

El 12 de octubre de 1955 se formó en el Ejército un tribunal de honor presidido por el general Carlos von der Becke, e integrado además por los generales Juan Carlos Bassi, Víctor Jaime Majó, Juan Carlos Sanguinetti y Basilio Pertiné, para juzgar la conducta de Perón, algunos de cuyos integrantes habían servido con lealtad al mismo. Días después, el Tribunal dictaminó que Perón había cometido una amplia gama de delitos que incluía el de incitación a la violencia, quema de la bandera nacional, ataques a la religión católica y estupro (acusándolo de mantener una relación con Nelly Rivas, a la sazón menor de edad) y recomendó que se lo degradara y se le prohibiera el uso de uniforme. Posteriormente, el general Lonardi firmó un decreto aprobando y poniendo en ejecución esas recomendaciones.

Instalado en Paraguay, el presidente Alfredo Stroessner le aconsejó dejar el país, debido a que no podría garantizar su seguridad, en caso de posibles atentados contra su vida. Stroessner le dio un salvoconducto para dirigirse a Nicaragua, pero estando en camino decidió asilarse en Panamá; se alojó en el Hotel Washington, de la ciudad de Colón (en el extremo caribeño del Canal) donde concluyó el libro que había empezado a escribir en Asunción: “La fuerza es el derecho de las bestias”. El libro no pudo ser publicado en Argentina, ya que todo lo relacionado con Perón estaba prohibido, incluso mencionar su nombre. Debió abandonar Panamá, debido a que se iba a realizar una conferencia panamericana con la asistencia del presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower, de modo que pasó unos días en Nicaragua, donde fue recibido por el presidente, Anastasio Somoza, y en agosto de 1956 decidió con su entorno ir a Venezuela, que estaba gobernada por el dictador Marcos Pérez Jiménez. Durante su estadía en Caracas, gozó de protección oficial de la Dirección de Seguridad Nacional, aunque el dictador venezolano nunca recibió al expresidente argentino, quien no era de su agrado, por diferencias políticas. Sin embargo, tras el derrocamiento de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958, Perón tuvo que refugiarse en la embajada de la República Dominicana y de allí salió rumbo a ese país, donde fue recibido por el dictador, Rafael Leónidas Trujillo.

Se trasladó de la República Dominicana a España, y llegó a Sevilla el 26 de enero de 1960. Se radicó en Madrid, donde se casó con la bailarina María Estela Martínez de Perón, Isabelita, a quien había conocido en Panamá en 1956. Tras vivir algún tiempo en dos casas alquiladas, se estableció en la zona residencial de Puerta de Hierro, donde se construyó una vivienda conocida como “Quinta 17 de Octubre”, en el número 6 de la calle de Navalmanzano. Según el dirigente francmasón, Licio Gelli, Perón también fue iniciado en su logia Propaganda Due (P2) por el propio Gelli, en una ceremonia en Puerta de Hierro.

Durante la Revolución Libertadora, grupos de sindicalistas y militantes peronistas llevaron adelante actos de sabotaje: en fábricas y oficinas públicas detonaron explosivos en vías de ferrocarril y realizaron cortes de calles y avenidas entre otros hechos. Esas acciones, conocidas como la Resistencia Peronista, eran organizadas por el exdiputado John William Cooke, a quien Perón designó su delegado personal en Argentina y en quien delegó la conducción del peronismo. El expresidente respaldó estas acciones, e incluso apoyó la intención de Cooke de convertir al peronismo en un movimiento revolucionario de izquierda o centro-izquierda.

También hubo algunas conspiraciones militares, entre las cuales se destacó la sublevación castrense del 9 de junio de 1956, bajo el mando del general Juan José Valle: un grupo de militares y militantes peronistas intentaron un alzamiento contra el gobierno de facto. La intentona fracasó y tanto Valle como varios de sus seguidores militares y civiles fueron fusilados. La represión se extendió a sectores no peronistas de la clase obrera. Sin embargo, los dirigentes sindicales conservaron su enorme influencia sobre los gremios industriales y de servicios. En una carta que Perón envió a Cooke (el mismo día del levantamiento de Valle) no mostraba la más mínima compasión por los militares rebeldes: el conductor criticaba su apresuramiento y falta de prudencia, y aseguraba que sólo su ira por haber debido sufrir el retiro involuntario, los había motivado a actuar.

Durante sus años de exilio Perón publicó varios libros: Los vendepatria (1956), La fuerza es el derecho de las bestias (1958), La hora de los pueblos (1968), entre otros.

En el año 1958, ante la inminencia de las elecciones presidenciales se presume que Perón pactó con Arturo Frondizi, candidato de la UCRI, el apoyo de los peronistas a la candidatura presidencial de éste, a cambio de la devolución de la personería gremial a los sindicatos y el fin de la proscripción electoral del general y su movimiento. Frondizi obtuvo la presidencia, pero cumplió lo pactado sólo en parte. La mayor parte de los sindicatos volvió a estar controlado por el peronismo. Las circunstancias en las que se llevó a cabo el pacto, así como la existencia del mismo es materia de debate por parte de los historiadores. Por un lado, Enrique Escobar Cello en su libro Arturo Frondizi el mito del pacto con Perón desmiente dicho pacto, argumentando que hasta hoy en día no existen copias ni constancias verídicas en donde aparezca la firma de Frondizi. Cabe destacar que, el mismo Frondizi siempre negó el pacto. El historiador Félix Luna también ha puesto en duda el pacto por las mismas razones esgrimidas que Cello. A su vez, Albino Gómez en su libro Arturo Frondizi, el último estadista, también cuestiona la existencia del pacto, además, sugiere que el apoyo peronista hacia Frondizi pudo ser producto de la coincidencia de ideas entre Perón y Frondizi sobre las medidas que había que adoptar en el país, cabe destacar que, el General era lector de la revista Qué!, dirigida por Rogelio Frigerio. En 2015, Juan Bautista Yofre afirmó en el libro Puerta de Hierro que Perón recibió medio millón de dólares por realizar el pacto con Frondizi. En contra, el historiador Felipe Pigna, cuenta que sus seguidores negaron que haya aceptado dinero por el mismo.

Entre el 17 de marzo y el 17 de abril de 1964, Perón se habría reunido con el Che Guevara en su casa de Madrid. El encuentro fue mantenido en el mayor de los secretos y ha podido conocerse gracias al periodista Rogelio García Lupo. El Che le entregó a Perón fondos para apoyar la operación de retorno a Argentina que estaba preparando. En dicha reunión, Perón se habría comprometido a apoyar las iniciativas guerrilleras contra las dictaduras latinoamericanas, cosa que efectivamente hizo hasta 1973.

En diciembre de 1964, durante el gobierno de Arturo Illia, Perón intentó regresar en avión a Argentina. Pero el gobierno ratificó la decisión tomada por la dictadura de 1955 de prohibir su radicación en el país y solicitó a la dictadura militar que gobernaba en Brasil que lo detuviera al realizar escala técnica en ese país y lo reenviara a España.

1966-1972

En Argentina, los años 1950 y 1960 fueron marcados por frecuentes cambios de gobierno, casi siempre frutos de golpes de Estado. Estos gobiernos estuvieron signados por continuas demandas sociales y laborales. Los peronistas alternaron la oposición frontal con la negociación para participar en política a través de partidos neoperonistas.

Luego de la dictadura instalada en 1955 y sobre todo luego de la dictadura instalada en 1966, que abolió los partidos políticos, aparecieron en Argentina varios grupos armados que tenían como objetivo combatir la dictadura y se produjeron puebladas insurreccionales en varios puntos del país, de las cuales la más conocida fue el Cordobazo. La mayor parte de estos grupos armados adhirieron al peronismo, como Montoneros, la marxista-peronista FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y los Descamisados.

Pocos meses después de que se instalara la dictadura de Onganía, entre septiembre y octubre de 1966, Perón se reunió en Madrid por segunda vez con el Che Guevara, quien le pidió apoyo del peronismo a su proyecto guerrillero en Bolivia. Perón se comprometió a no impedir que aquellos peronistas que quisieran acompañar a Guevara lo hicieran, pero no aceptó involucrar al movimiento peronista como tal en una acción guerrillera en Bolivia, aunque si comprometió el apoyo del peronismo cuando la guerrilla del Che trasladase su acción al territorio argentino.

Perón apoyó públicamente al peronismo revolucionario y sus organizaciones guerrilleras (a las que llamaba “formaciones especiales”) y justificó la lucha armada contra la dictadura. Aún sin haberla pronunciado textualmente, una de las frases más conocidas que se le atribuyen a Perón es “La violencia de arriba engendra la violencia de abajo”. Desarrolló además una “actualización política y doctrinaria” del peronismo, adaptándolo a las luchas revolucionarias tercermundistas que se estaban llevando a cabo por entonces, definiendo al peronismo de la década de 1970 como un “socialismo nacional”. Para expresar el contenido socialista que asumía el peronismo en la década de 1970, la Tendencia adoptaría la consigna “Perón, Evita, la patria socialista”. En 1970, Perón exponía su adhesión al socialismo en estos términos: “es muy conocida mi posición con respecto a la influencia foránea sobre el problema argentino: el país se libera del imperialismo que lo neo coloniza o jamás podrá solucionar su problema económico... El mundo actual marcha hacia una ideología socialista, tan distante del capitalismo ya perimido como del marxismo internacional dogmático... El justicialismo es un socialismo nacional cristiano”. Juan Domingo Perón

Entre las acciones más destacadas de la guerrilla peronista durante la dictadura autodenomina Revolución Argentina se encuentran la muerte del exdictador, Pedro Eugenio Aramburu, (figura clave del golpe de Estado contra Perón en 1955), de los sindicalistas Augusto Timoteo Vandor y José Alonso, la toma de La Calera y la fuga del penal de Rawson.

Una semana después del muerte de Aramburu por parte de Montoneros 

(1 de junio de 1970), el dictador Onganía se vio obligado a renunciar, colapsando el proyecto de instalar una dictadura corporativa permanente. El régimen militar se vio obligado entonces a iniciar un proceso de salida hacia un gobierno elegido, que incluyera al peronismo, pero que fuera conducido y controlado por los militares. El ideólogo de ese proyecto era el dictador general Alejandro Agustín Lanusse, quien denominó al plan Gran Acuerdo Nacional (GAN).

Perón tomó entonces contacto con el líder del ala antiperonista del radicalismo, Ricardo Balbín, quien había sido desaforado como diputado y detenido durante su presidencia. Perón y Balbín iniciaron una relación de reconciliación histórica, expresada en La Hora del Pueblo y la designación como delegado personal de Héctor J. Cámpora, que desbarataría los planes de la dictadura para imponer un gobierno de “acuerdo nacional” bajo tutela militar.

En 1971 y sobre todo en 1972, Perón apoyaría su accionar en varios campos: en el campo político y a partir de su alianza con Balbín, Perón buscó reconciliar al peronismo con las corrientes políticas que habían sido antiperonistas durante su gobierno; el radicalismo del pueblo, el frondizismo, la democracia cristiana y el sector popular del conservadorismo.

En el campo sindical, Perón buscó neutralizar al sindicalismo neo vandorista, partidario de un peronismo sin Perón y de llegar a un acuerdo con el dictador Lanusse, apoyando a José Ignacio Rucci en la Confederación General del Trabajo, hombre con escaso poder propio, pero partidario de lograr la vuelta de Perón, como objetivo prioritario del movimiento obrero. En el campo empresarial, Perón estableció una alianza con el grupo de empresarios nacionales liderados por José Ber Gelbard, afiliado secretamente al Partido Comunista y presidente de la Confederación General Económica. Finalmente, Perón dio prioridad en ese momento al campo juvenil, ligado a la militancia de base, a las puebladas insurreccionales y a las luchas guerrilleras. Para ello nombró como secretario de la Juventud Peronista a Rodolfo Galimberti, líder de JAEN, organización guerrillera que integraría Montoneros. Perón a diferencia de  San Martín y Rosas estaba por volver a su patria. Argentina ya no era la que él había dejado  en 1955 y las expectativas de sus seguidores sobrepasaban las posibilidades reales que tenía de satisfacerlas.


El pueblo agradecido resistió a la prepotencia oligarca, desestabilizando uno por uno a los gobiernos que sucedieron al primer peronismo