MISIONES ENFRENTANDO LOS DESAFÍOS CON IMAGINACIÓN

Santa Clara de Asís

jueves 08 de agosto de 2024

Santa Clara nació en Asís, Italia, en 1193. Su conversión hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. Cuando ella tenía 18 años, este santo predicó en dicha ciudad los sermones de cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo había que librarse de las riquezas y bienes materiales. En secreto, se fue a buscar al santo para pedirle que le enseñara a lograr la perfección cristiana.

Él le dijo que había que desprenderse de todo, la animó a dejar las riquezas y comodidades que llevaba y dedicarse a una vida pobre, de oración y penitencia. El Domingo de Ramos del año 1212, Clara asistió a la celebración, pero estaba tan emocionada y fuera de sí, que no pasó a recibir la palma. Entonces, el obispo se dirigió a la banca donde ella estaba y le puso en sus manos la palma bendita. Y a medianoche, acompañada de una sirvienta, salió secretamente de su casa (una enorme mansión) y se trasladó a dos kilómetros, donde San Francisco vivía pobrísimamente en un sitio llamado La Porciúncula.

El santo salió a recibirla junto con sus frailes, llevando lámparas encendidas y cantando de alegría. De rodillas ante San Francisco, Clara hizo la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. Aquél, como primer paso, tomó unas tijeras, le cortó su larga y hermosa cabellera, le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para convertirse. Cuando los hermanos (quienes eran muy ricos y esperaban casar a Clara con algún millonario hacendado) se dieron cuenta de la ausencia de la muchacha, se dedicaron a buscarla por todas partes. La encontraron en el convento en donde se había refugiado y quisieron llevársela a la fuerza.

Ella se sujetó a los manteles del altar, que se rasgaron ante tanta violencia de los atacantes, y cuando se la iban a llevar, Clara se descubrió la cabeza rapada y les dijo: “por amor a mi Cristo Jesús, he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano”.
Los hermanos, al verla tan resuelta, despusieron su accionar. San Francisco envió a Clara a vivir junto a la Iglesia de San Damián en Asís, en una pobre y humilde casita. Y he aquí que su hermana Inés y su propia madre decidieron irse con ella, también como monjas. Y muchas muchachas más se dejaron atraer por esa vida de oración y recogimiento.

Pronto el convento estaba lleno de mujeres dedicadas a la santidad. Francisco nombró a Clara como superiora de la comunidad, y aunque ella toda la vida trató de renunciar al puesto de superiora y dedicarse a ser una sencilla monjita de segundo orden, sin embargo por cuarenta años será la priora del convento y las monjas no aceptarán a ninguna otra en su reemplazo mientras ella viva. Es que su modo de ejercer la autoridad era muy agradable. Servía la mesa, lavaba los platos, atendía a las enfermas, y con todas era como una verdadera madre llena de compresión y misericordia.

A los pocos años, ya había conventos de Clarisas en Italia, Francia, Alemania y Checoslovaquia. Y estas monjas hacían unas penitencias muy especiales, inspiradas en el ejemplo de su santa fundadora, la primera en dedicarse a la penitencia. No usaban medias, ni calzado, se abstenían perpetuamente de carne, y sólo hablaban si así lo requerían alguna necesidad como la caridad. La fundadora les recomendaba el silencio como remedio para evitar innumerables pecados de lengua y conservarse en unión con Dios, y alejarse de dañosas distracciones del mundo, pues si no hay silencio, la mundanalidad se introduce inevitablemente en el convento.


No contenta con los sacrificios que las demás monjas hacían, Santa Clara ayunaba a pan y agua los cuarenta días de Cuaresma y los anteriores a las grandes fiestas. Y muchos días los pasó sin comer ni beber nada. Dormía sobre una dura tabla y por almohada tenía un poco de pasto seco. San Francisco y el obispo de Asís le exigieron que no dejara pasar un día sin comer aunque fuera un pedazo de pan. Poco a poco, la experiencia le fue enseñando a no ser exagerada en penitencias porque se le dañaba la salud. Más tarde escribirá a sus religiosas: “recuerden que no tenemos cuerpo de acero ni de piedra.

Por eso, debemos moderar los exagerados deseos de hacer penitencias, porque la salud puede sufrir daños muy serios”. Siguiendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro San Francisco, quiso Santa Clara que sus conventos no tuvieran riquezas ni rentas de ninguna clase. Y aunque muchas veces le ofrecieran regalos de bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los quiso aceptar. Al Sumo Pontífice, quien le ofrecía unas rentas para su convento, le escribió: “Santo Padre: le suplico que no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo”.

A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: “mi padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros”. Hoy, las religiosas Clarisas son 18.000 en 1.248 conventos en el mundo. Una vez llegaron unos soldados mahometanos a atacar el convento, destrozar y matar.

Las monjitas se fueron a rezar muy asustadas; y Santa Clara, que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y enfrentó a los atacantes. Ellos sintieron en ese momento tan terrible oleada de terror, que salieron huyendo sin hacer mal. Otra vez, los enemigos atacaban la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjitas oraron con toda fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué. Nuestra santa estuvo enferma 27 años, pero su enfermedad la soportaba con paciencia heroica. En su lecho, bordaba y hacía costuras, y oraba sin cesar.

El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó: “ojalá yo tuviera tan poca necesidad de ser perdonado, como la que tiene esta santa monjita”. Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos. San Francisco ya había muerto, y tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Ángel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: “desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman, sino que me consuelan”. El 11 de agosto del año 1253, a los 60 años y 41 años de ser religiosa, se fue al cielo a recibir su premio. Un día como hoy fue sepultada. Santa Clara bendita: no dejes nunca de rogar a Dios por nosotros.

 

Gloriosa Santa Clara de Asís, por aquella fe inquebrantable
que te hizo servirte de las cosas terrenas buscando las del cielo, por aquella esperanza firme con que venciste todas las dificultades que se oponían a tu santificación, por aquella caridad pura y ardiente que te movió en todos los momentos de la vida, yo te suplico con humilde confianza que intercedas ante Dios y le pidas un favor en mi nombre (hágase la petición) y esperanza firme y caridad ardiente para con Dios y el prójimo.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria.