PIANCHO

Cultura

LA LEYENDA DEL “CERRO MONJE”

Autora: Nelly Dolores Amaro
domingo 11 de mayo de 2025

-.Mientras se estaba haciendo la comida los hombres se miraron unos a otros y el temor cundió en el grupo, pues... era tan pequeña la olla que temían la comida no fuera suficiente, pero nada dijeron. A una invitación del franciscano sacaron de una bolsa platos y cubiertos, y siguieron con atención mientras aquel impartía la bendición a la comida y luego cada cual se fue sirviendo, lo que iría a comer.

Pero... ¡cual no sería la sorpresa de estos hombres cuando una hora más tarde se dieron cuenta que todos se encontraban satisfechos, que habían comido en abundancia y que aun quedaba un poco de comida para "lobo" el perrito de don Manuel que los había acompañado!


-Vio don José, vio, parece mentira que de olla tan chica hayamos comido todos...
-Mira, Pedro, para mí esto es un verdadero milagro. No lo puedo entender...
Y los hombres continuaron con su ardua tarea, hasta que al llegar a las primeras sombras de la noche volvieron a reunirse en el campamento donde ya uno de ellos se había encargado de encender una enorme fogata para espantar a los animales salvajes que poblaban, en aquellos años la región.

-Una vez que todos estuvieron reunidos, se rezó el Santo Rosario, se tomaron unos mates, -bebida infaltable de nuestros abuelos- y luego se repitió la escena del mediodía, pues de la pequeña olla de hierro, comieron todos y aún quedó comida.

- Así pasaron dos días y en el tercero llegaron a la cima del cerro, después de haber descubierto un boquete entre la maleza, que ellos habían transformado en sendero.

-Allá arriba hicieron el desmonte de una superficie aproximada a los diez mil metros cuadrados, y bajo la sombra de una planta de higuera que hasta hoy se conserva, instalaron su pequeño campamento, para ir luego construyendo la pequeña capilla, con troncos y ramas de árboles que ellos mismo talaban y le colocaron techo de pajas.

Finalizado el trabajo, el religioso -jefe de la expedición-así les habló:
-Queridos hermanos, me habéis acompañado hasta aquí pero nuestra labor aún está inconclusa, no basta que hayamos construido la capilla pues debemos también preparar un altar, y luego rodearemos esta "manzana", con cruces que representaran las catorce estacio-nes del "Vía-crucis", sufrido por Cristo Nuestro Señor para salvarnos de los pecados.

-Nosotros estamos dispuestos a colaborar con Ud. Todo lo necesario, padre… 
-Bien, hijo, pero ahora es necesario que regreséis a vuestros hogares, vuestra familia debe estar muy preocupada, y ahora que ya habéis abierto, "la picada", será más fácil la ascensión al cerro, así que mañana por la mañana los espero a todos acá, para continuar con nuestra labor, construiremos sobre la costa del río, allá donde hicimos nuestro primer campamentos, las catorce cruces en madera de quebracho que vi abunda en esta selva, para que sean fuertes y resistentes y luego las traeremos hasta acá.

-Entonces, Padre, será hasta mañana, dijo don Manuel.
-Adiós Padre, hasta mañana...
-Y... los hombres volvieron a sus hogares a los que faltaban hacia ya cuatro días, y enteraron a sus familiares de lo que estaban realizando, estos se pusieron muy contentos, y los alentaron a continuar colaborando con el "monje", pues debía ser un enviado de Dios quien se comportaba de tal manera.

-Al día siguiente, cuando el río comenzaba a recibir las tibias caricias del sol que emergía coronando las sierras lejanas, nuestros hombres ya estaban en marcha, separando a golpes de remos los cinco kilómetros que separan el puerto de San Javier del lugar que habían elegido para emprender el escalamiento del cerro.

Cuando llegaron al campamento ya estaba el "religioso", recorriendo el lugar y señalando las maderas que creía más convenientes para construir las cruces. Hecho lo cual se procedió a talar las mismas con hachas y machetes y fueron construyendo una a una las catorce cruces que medían un poco más de cuatro metros de alto por casi tres de ancho, y comenzaron a trasladarlas al lugar que antes había sido indicado.

Y... acá nuevamente el milagro, sí el milagro, pues las cruces de tan enorme tamaño y hechas en madera dura y pesada, eran llevadas con suma facilidad, sin que se notara el más leve cansancio, y eso, que eran más de tres mil metros lo que habían que escalarse, pero no se sentía, parecía que no se llevaba peso alguno, -así contaba mi abuelo.

También a las horas de las comidas seguían sucediéndose los milagros, se cocinaba siempre en la misma olla y la comida alcanzaba para todos.
Una vez colocadas todas las cruces, terminada la capilla y construido un sencillo altar, el "monje" cubrió a este con un espléndido mantel que llevaba consigo, y ofició la primer misa en dicho lugar, impartiendo luego la bendición a ese grupo de diez hombre, que habían abandonado sus hogares, familia y trabajo para ayudar a construir en la cima de un cerro, una capilla donde quedaría depositada la imagen que hoy se cree pertenecía a "San Isidro Labrador" y que ellos a instancias del "monje", llamaron "Nuestro Señor de los Desiertos".

Don Manuel y demás vecinos que lo acompañaron ese día regresaron a San Javier, con la promesa de que el día siguiente -que era domingo- volverían "al cerro" con sus esposas e hijos, para que estos apreciaran la labor que habían desarrollado a la vez que cumplirían con los preceptos sacramentales del mismo, pues oirían misa en ese lugar. Y así ocurrió.

Cuando el sacerdote los vio llegar, se apresuró a recibirlos, manifestándoles que una vez finalizada la "Santa Misa", les enseñaría varias cosas del lugar, por lo que cumplido "el oficio religioso", el sacerdote levantó el mantel que llegaba hasta el suelo y señaló a los "visitantes" una enorme serpiente que dormía plácidamente bajo el altar.

-Esta serpiente, estimados hermanos, quedara acá para custodiar esto.. A nadie atacara, y solamente tendrá a su cargo custodiar el altar y la capilla...
-Pero... ¿ no nos atacará? Fue la pregunta generalizada.
-No, no los atacará, no temáis, y dirigiéndose al grupo, agregó:
-Seguidme, quiero mostrarles algo más y uniendo la acción a las palabras se dirigió seguido del grupo de hombres y mujeres a la ladera del cerro, contraria al río.

-Después de haber descendido unos centenares de metros, los hombres y mujeres quedaron absortos ante el espectáculo que se les brindaba, pues de una enorme roca, brotaba intermitente un chorro de agua muy cristalina, y en el espacio comprendido entre la caída de agua y la pared rocosa un enorme ejemplar de "yaguareté", miraba con ojos extrañados a sus ocasionales visitantes.

-¿Ven?... el agua que vierte de esas piedras, servirá para saciar la sed y mitigar el dolor de los enfermos que concurran a este lugar en busca de alivio a sus males -dijo el sacerdote- y dirigiéndose al "yaguareté "así le habló:
-¡Ven!... ¡ven aquí! Y al acudir el animal, el religioso lo acarició con suaves palmadas sobre la cabeza y el lomo.

-Padre, ¿de dónde trajo Ud. ese animal? ¿es domesticado?, indagó don Manuel.
-No, Don Manuel, no, este "bichito" es uno de los moradores de este lugar.
-Pero... ¿y cómo no trata de atacarnos ni lo ataca a Ud. padre? Dijo Juan,
-Calma... calma, ya voy a contarles la forma en que he encontrado a este animalito y nos hemos hecho amigos entrañables, -dijo el franciscano-agregando:

-Sucedió que ayer, cuando ustedes se fueron al pueblo, salí a recorrer la ladera del cerro llegando hasta acá, lugar que llamó mi atención por ser una enorme plancha de piedra desprovista de vegetación, luego escuché un ruido que no era el característico murmullo de la selva, sino algo así como agua al caer, miré a todos lados y divisé un pequeño trazo que me llevó hasta esa escalera natural, bajé por ella y no saben cuanta fue mi sorpresa al observar que de roca tan dura caía agua tan clara y abundante.

Absorto estaba en la observación que casi no me doy cuenta que a pocos pasos de mi espalda, se encontraba "este señor", que parece ser está acostumbrado a beber en esta pequeña fuente, por la forma en que se dirigía a la misma por tan enmarañado sendero. Nos hicimos amigos y le solicité cuidara este preciado bien de la naturaleza, por cuanto he solicitado del Señor su bendición, para estas aguas, para que las mismas no solo sirvan para mitigar la sed del caminante sino también para lavar las enfermedades del cuerpo y alma de los pecadores arrepentidos que se lleguen hasta este lugar.

Quedaron todos sumidos en largo silencio, meditando sobre las palabras pronunciadas por ese sacerdote tan distintos a los que hasta entonces habían tratado y conocido, y luego emprendieron lentamente el ascenso al cerro, con "el monje" a la cabeza del grupo, mientras allá abajo quedaba dormitando un hermoso ejemplar de yaguareté.

Cuando estuvieron todos reunidos, encendieron fuego debajo de los árboles, y tras tomar unos mates, almorzaron lo que las mujeres habían llevado desde sus hogares, entablándose una conversación que giró en forma generalizada sobre el lugar como punto estratégico, ya que desde el mismo se divisa una gran extensión del Brasil, del río Uruguay, y parte de nuestra provincia, y además el espectáculo que presenta su paisaje de una rara y extraordinaria belleza...

Se había dado fin al improvisado almuerzo, cuando uno de los pequeños, semi lloroso, dice:-¡Mamá, mamita! Quiero tomar agua...
-Vete, vete con tu hermanita a traer un cubo de agua desde la fuentecita ubicada más allá de la capilla, respondió la madre.
-La fuente queda lejos, replicó una niña

-¡Esperen, no se vayan! Dice el sacerdote agregando, acompáñenme todos los niños, vamos a hacer un hoyito acá sobre estas rocas para que todos los niños tengan siempre agua fresca. Y uniendo la acción a la palabra, tomó un martillo y un trozo de hierro, con los cuales en poco tiempo, orado un hoyito de no más de treinta centímetros de profundidad del que comenzó a manar abundante agua fría y cristalina, para deleite de los niños.


-Este hoyito-dijo el sacerdote- se llamara "Pocito de los Ángeles", pues acá siempre habrá agua para los pequeños que quiera beber.
-Padre, diganos ¿Quién es Ud?... ¿De dónde vino? 
-¿Qué poderes tiene? Agregó otro.
-¡Calma! ¡Calma! A todos voy a contestar-dijo el religioso- y comenzó a narrar con voz tranquila y reposada su paso por costa brasileña, donde los vecinos se negaron a colaborar con él, aduciendo que tenían mucho trabajo, para agregar:

-No soy más que un misionero de Cristo, llevando su cruz y difundiendo su doctrina. Todo lo demás es obra del "Creador" y mi misión principal ya está casi concluida pues únicamente debía dejar en estos parajes, la imagen de "Nuestro Señor de los Desiertos", para que el mismo desde el Cielo interceda por vosotros ante Dios, ya que supisteis hacer honor a la tradición cristiana, y además cumplir con los deseos del Reverendo Padre Jose Ordoñez, al bendecir el nacimiento del pueblo de San Javier. 

-Padre, ¿Se quedará usted mucho tiempo con nosotros?
-No lo sé, fue la contestación del religioso.
-Padre ¿quiere regresar con nosotros al pueblo? -Interrogó don Manuel-
-Claro, es hora de regresar ¿viene, Padre?...

-Mañana es día de trabajo, aventuró otro, y así entre todos fueron recogiendo y ordenando todo, y cuando estuvieron con sus elementos de "excursión" preparados, invitaron al religioso a regresas a sus hogares, pero el mismo les manifestó sus deseos de quedarse un tiempo más en la capilla, levantada en la cúspide el cerro y en medio de la selva enmarañada, razón por la cual fueron despidiéndose con cierta duda de dejarlo solo en ese lugar.

-Padre, si necesita algo, o quiere que le enviemos alguna cosa desde San Javier, no tiene más que decirnos, manifestó Juan.
-Si necesita algo para comer, puedo traerle el martes que voy a ir a sacar maderas con unos peones, a pocos kílómetros de acá, remontando el río.

-¡No, no! ¡Muchas gracias.. No necesito nada... únicamente quiero recordarles que debéis conservar vuestra amistad y vuestra fe religiosa, que sigas colaborando, con vuestros semejantes en la misma forma que lo habéis hecho conmigo, y ahora, voy a acompañarles hasta el lugar donde dejasteis vuestra embarcaciones.
Continuará el próximo domingo en la misma página